CUADERNO PARA PERPLEJOS

~ Félix Pelegrín

CUADERNO PARA PERPLEJOS

Archivos de autor: Felix Pelegrín

Preferiría que no

30 sábado Jun 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Borges, Camus, Deleuze, Kafka, Melville, Schopenhauer

En 1856 apareció Bartleby el escribiente, un relato de apariencia menor que el tiempo ha acabado convirtiendo en una de las obras más celebradas de Herman Melville. Cinco años antes se había publicado Moby Dick, novela inagotable en la que su autor ensayó los más variados registros en una innovación continua, a fin de mostrarnos la terrible belleza de la Ballena blanca.

Tanto el argumento de Moby Dick, que el cine ha popularizado en varias ocasiones, como el de Bartleby (cuya fórmula I would prefer not to -preferiría que no- ha acabado asimilada por la moda de las camisetas estampadas) son de sobras conocidos; pero la diferencia temática y la complejidad con que fueron abordadas una y otra obra, no impide que pueda rastrearse cierta continuidad entre ambas.

Jorge Luís Borges, que se convirtió en uno de los más importantes traductores de Bartleby al español, demasiado borgiano por cierto, pues como ha podido demostrar Walter Carlos Costa, no dudó en saquearle unas dos mil palabras al texto original que apenas supera las catorce mil (a fin de aproximarlo a su estilo) destacó una afinidad secreta y central entre las dos obras que le permitió extraer la consecuencia de que la pasión absurda, como diría Camus, puede ser contagiosa. En el prólogo que escribió para la edición, dice Borges: Es como si Melville hubiera escrito: Basta que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo.

No niego que la irracionalidad del capitán Ahab al mando del Pequod, la monomanía de su discurso delirante, constituyen elementos decisivos para la comprensión de la novela. En un momento dado, Ismael, el narrador de Moby Dick, nos recuerda: En su corazón Ahab había vislumbrado algo de esto. Como si se hubiera dicho: Todos mis medios son cuerdos, pero mis móviles y mis propósitos, son insensatos. Pero sólo con dificultad puedo admitir que la actitud de Bartleby (en quien descubro claros signos de rebeldía) sea una actitud irracional. Si no fuera porque un uso abusivo desgasta el sentido de las palabras, yo podría imaginarme hoy a Bartleby haciendo de la práctica de la indignación un modo de vida preferente.

En las páginas dieciséis y diecisiete de la versión de Borges, que en 1980 publicó la editorial Bruguera, se lee la descripción satisfecha que el abogado narrador, que contrató a Bartleby para ejercer de copista en su oficina de Wall Street, hizo de sí mismo. En ella, este hombre de modales pausados, se reconoce como un hombre práctico que nunca ha tolerado que perturben su paz y que no ha tenido otra ambición que trabajar en cómodos asuntos entre las hipotecas de gente adinerada pues desde la juventud ha sentido que la vida más fácil es la mejor. Más adelante, en la página treinta y uno, en un momento en el que se diría que es sorprendido en un lapsus psicoanalítico, lo vemos referirse al programa degradante que en verdad ha diseñado para Bartleby.

Para que el arreglo fuera satisfactorio, dice, conseguí un alto biombo verde que enteramente aislara a Bartleby de mi vista (aquí se observa cómo sin vacilar el abogado intenta anular por primera vez a la persona del empleado) dejándolo sin embargo al alcance de mi voz (aquí se expresa el afán de dominio que a pesar de todo, está dispuesto a ejercer sobre él).

Poco después, y en esa misma página, el abogado reconocerá, que Bartleby trabajaba día y noche, copiando a la luz del día y la luz de las velas. Encantado con su aplicación me habría encantado aún más, añade, si él hubiera sido un trabajador alegre. Pero escribía silenciosa, pálida, mecánicamente. Como se ve, lejos de querer contenerlo, el cinismo del jefe (agregado de la Suprema Corte del estado de New York) logra con esta breve reflexión desbordar todos los límites.

Y sin embargo, Borges llegó a comprender que ese cuento largo, sin aderezos, seco como lo son pocas ficciones, cien por cien americano, prefiguraba a Kafka, haciendo de Bartleby (de esto no sé si Borges se percató) un artista del hambre en la ciudad de los rascacielos, tanto o más virtuoso que su sucesor.

Así, creo que la conexión entre Moby Dick y Bartleby el escribiente sí existe, pero habría que buscarla en otro lugar. Al final de la historia se plantean preguntas sobre su pasado, se especula sobre su posible origen del que nadie nunca ha sabido nada. Deleuze describió a Ahab y a Bartleby como dos tipos originales y por esa razón consideraba que debían mantenerse irreconciliables.

Yo he querido imaginar, sin embargo, no sé sin con acierto, al insumiso copista, como un Ismael que hubiera decidido volver a empezar lejos del proceloso mar, exhausto, después de todo lo que llegó a ver con sus propios ojos (recuérdese que fue el único superviviente del Pequod, tras asistir al infierno de la Ballena blanca), después de sumergirse en el fondo del mar y, hundir las manos entre los inexplicables orígenes, las costillas, el vientre del mundo, de haber llegado a conocer la furia desmedida del monstruo.

Testigo privilegiado de la locura del capitán Ahab, que fue registrando a través del relato épico que es Moby Dick, Ismael (Bartleby) conocedor de delirios ajenos, no estaría dispuesto esta vez a dejarse arrastrar por la arrogancia de un abogado de Wall Street que ya había conseguido que perdieran la dignidad otros empleados de su oficina: dos escribientes y un muchacho muy vivo que estaba allí para los recados.

Bartleby sería para mí un representante de la naturaleza nihilista, inaprensible, cercana al espíritu de Schopenhauer, capaz de decir que no sin violentar la existencia. Opuesta a la fuerza ciega de la voluntad que rige la vida de Ahab en el viaje obsesionado hacia la muerte que arrastra a la tripulación del Pequod.

Me precipito hacia ti, ballena que todo lo destruyes sin vencer. Lucho contigo hasta el último instante, desde el centro del infierno te atravieso, en nombre del odio vomito mi último hálito sobre ti. Nada que pueda compararse al contenido de estas palabras salvajes sería justo atribuirle a la intención del copista.

 

 

 

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Las transformaciones del agrimensor

23 sábado Jun 2012

Posted by Felix Pelegrín in Filosofía, Literatura

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Deleuze, Dostoievski, Kafka, Max Brod, Steiner

Entre las múltiples imágenes con que Franz Kafka ha querido mostrarnos la condición humana, hay una en la que el hombre aparece muy a menudo dispuesto para la lucha. Una lucha astuta que él mismo iría librando toda su vida por el empeño decidido de no interiorizar una falsa identidad. La negativa a condescender con el escaso público de admiradores que asiste a presenciar su espectáculo de circo fue radical y a juzgar por la disparidad de opiniones que sigue generando su obra, impecable.

Kafka me parece el paradigma humano (un artista del trapecio, un artista del hambre) dispuesto a arriesgarlo todo porque no quiere establecer lazos distintos a aquellos que lo mantienen alejado de los productos más logrados de la especie. Como el hombre del subsuelo de Dostoievski, que después de una experiencia de cuarenta años se permite afirmar que el hombre del siglo XIX está moralmente obligado a ser una nulidad, Franz Kafka considera imprescindible ampliar esta valoración al siglo XX.

La enormidad de la figura de Goethe debió atemorizarlo tempranamente igual que le ocurrió con su padre a quien no tuvo otro remedio que enviar lejos de sí, a las antípodas, pero halló en Dickens y Dostoievski cierto calor, aunque éste tuviera mucho que ver con el calor que desprenden los animales en los establos. Para asegurarse la supervivencia en el mundo en que le tocó vivir, yo creo que Kafka (lo diré con una metáfora que acuñó Deleuze) optó por construirse un cuerpo liso, una máquina de guerra de apariencia inofensiva que lo situaba exteriormente más cerca de alimañas repulsivas que de cualquier otro semejante. Nadie antes se había atrevido con un escarabajo, aunque también probó con otras criaturas subterráneas no menos inquietantes.

En su guarida, mientras devora alimañas (en un momento al despertar se dio cuenta de que de sus labios colgaba una rata) el funcionario gris se entretiene sin que nadie lo sepa en construirse una fortaleza (el cuerpo liso) que va ampliando sin descanso, con el claro objetivo de que se vayan impermeabilizando los contornos de su piel, para que las marcas y señales que quieran fijarse en ella simplemente resbalen y desaparezcan. Igual que en el Informe para la academia, el pobre éxito obtenido por el hombre se justifica en última instancia  por sus orígenes simiescos.

Contra la abulia y la convención políticas que exigen cada día del ciudadano paciencia y tolerancia a la hora de juzgar a los poderes que se encarnizan con él, Kafka representó ya en su época un modelo de confrontación tenaz y disolvente que lo haría inconfundible. Ni judío, ni austríaco, ni alemán, ni checo, renunció a escribir en su lengua materna para sustituirla por el alemán, aunque esta lengua en su boca, como dice Steiner, chirriara a los oídos checos, ¿cómo atribuirle una identidad distinta de su singularidad? Kafka sigue sin adecuarse a ninguna retícula que permita codificarlo.

En este aspecto yo creo que la enfermedad de la que murió Kafka se presentó ante él con la fortuna del agua que se vierte sobre la tierra después de un largo periodo de sequía. Si en Dostoievski la conciencia lúcida, se aparece como una enfermedad, en Kafka la enfermedad se apareció como una vía de escape, un corredor estrecho que se ramificaba como una red de neuronas que traerían a su mente la lucidez que en un momento había estado a punto de perder.

Todo estaba decidido y no tenía sentido hacer trampas. Las únicas que llegó a permitirse imaginando que un hombre como él, una nulidad, que no sabía hacer otra cosa que escribir, sería capaz de formar una familia. Por más que el amigo Max Brod insistiera en representárselo como un padre-marido honrado y feliz, el cuento de los Once hijos no deja de ser una parodia grotesca que le alerta de aquello que podría sucederle si al movilizar sus fuerzas contra el deseo (la escritura, a la que no estaba dispuesto a renunciar) se dejara conducir por la ilusión del matrimonio. En un sistema que afirma la estructura del patriarcado, Kafka vio con claridad que Saturno, el dios que devora a sus hijos, no puede hacer otra cosa que cumplir con la misión que le ha sido encomendada.

Según la confesión que le hizo a Max Brod y que éste recoge en su biografía, la noche en que le sobrevino la hemoptisis (el vómito de sangre) que anunciaría de forma inexorable el final que llevaba tiempo urdiéndose, Fanz Kafka durmió tranquilo, liberado, como no lo había hecho en los tres últimos años.

 

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Las tareas del agrimensor

16 sábado Jun 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Camus, Kafka, Max Brod, Ricard Torrents, Steiner

Desde su muerte en 1924, las aproximaciones que se han hecho a la obra de Kafka han ido apareciendo una tras otra igual que se despliega un abanico. Empezando por aquella que interpreta sus relatos como expresión de la angustia religiosa del hombre abandonado por dios en un mundo sin sentido, hasta acabar con la que afirma que todo lo que en ella se cuenta no es más que la narración simbólica de un conflicto familiar.

Como señala George Steiner en el ensayo sobre Kafka que está recogido en Lenguaje y silencio, ya en 1958 Rudolf Hemmerle consignaba mil trescientos títulos de crítica y exégesis sobre su obra. La suma de tales estudios no ha hecho, sin embargo, más que crecer y no parece haber indicios de que esta tendencia en los estudios literarios vaya a tener fin. Ni siquiera en nuestra época cuando el término kafkiano hace muchos años que entró con fuerza a formar parte del lenguaje de la calle y ya todo el mundo parece tener claro lo que significa. Tal vez sea esto último lo que me anima a añadir también un par de consideraciones.

La interpretación que llevó a cabo su amigo Max Brod, convertido tras su muerte en su albacea, destaca precisamente la religiosidad de Kafka, oculta mientras no llegó la tuberculosis para destaparla. Según su lectura esta religiosidad sería visible a través de algunos textos en los que se muestra cómo Kafka no estaba dispuesto a renunciar a la esperanza. A título de ejemplo, Brod recomienda repensar el siguiente aforismo: No desesperes, ni siquiera por el hecho de que no desesperas. Cuando todo parece terminado, surgen nuevas fuerzas; esto significa que vives.

Personalmente no encuentro en estas palabras nada de lo que Max Brod sugiere. Según él, Kafka, al igual que el desgraciado Job, que fue el personaje más maltratado de todos cuantos recorren las páginas del Antiguo testamento, viene a dialogar con dios a la espera de que llegue el día en que éste le responda a qué se debe su tormento; la lectura de la Carta al padre (que curiosamente el padre no llegó a recibir nunca) allana un terreno demasiado escarpado, facilitando ingenuamente que se acepte como la cosa más natural del mundo, la última interpretación.

Se sabe que a excepción de unos cuantos cuentos entre los que se encuentra el relato La metamorfosis, Franz Kafka publicó sus principales obras póstumamente, después de que Max Brod desobedeciera la petición que Kafka mismo le había formulado con el pretexto de que las suyas eran historias incompletas y por tanto imperfectas. Todo esto sin excepción, le dijo, existe para ser quemado, y te ruego que lo hagas lo antes posible. Era como si Kafka hubiera dispuesto con un simple gesto acarrear él solo con el destino de los judíos, anticipándose al holocausto de unos años después. Kafka pudo ser un visionario. Pero eso nada tiene que ver con dios, ni con ninguna facultad que conecte con lo sobrenatural. Su nihilismo es lacerante.

La experiencia que describen sus historias (piénsese en la máquina de tortura que ideó en La colonia penitenciaria) anticipa el horror que tuvieron que sufrir sus hermanas al morir en un campo de exterminio nazi. Sin embargo, no pienso que sea una malicia dudar de la sinceridad de Kafka al solicitar al amigo la destrucción de sus obras. Pues creo que la circunstancia de que muchas de ellas quedaran sin concluir no es tanto un defecto como un rasgo formalmente esencial de sus ficciones. Tal como lo es la paciencia y la obstinación del agrimensor Joseph K. mientras aguarda a que llegue una respuesta del Castillo o la que Franz Kafka (el funcionario) debía de aplicarse cada mañana cuando tenía que suspender la tarea de escribir para ir la oficina.

Todo se corta y se demora y todo vuelve a empezar porque al final está claro que la meta existe pero no el camino. Como si el arte de Kafka se derivara de este conocimiento casi secreto que consiste en no concluir nada y dejar la acción o el pensamiento en suspenso.  Kafka no acabó, es cierto, ninguna de sus grandes obras ni un número importante de cuentos que muestran la apariencia de ser simples fragmentos, pero intuyo que se trata de una solución acorde con la forma de vivir que eligió para sí mismo. En Franz Kafka la distinción entre la literatura y la vida (la expresión coincide con el título de una obra de Jorge Semprún) no tiene perfiles precisos.

La Carta al padre es un relato íntimo, cuya temática pertenece a su vida privada, pero no excluye que funcione como una máquina literaria. Ricard Torrents lo da a entender en el comentario que hace de esta obra, y estoy de acuerdo con él en que esa apreciación se torna evidente cuando al final de la carta, Kafka llevado por la imaginación, no puede evitar que todo se trunque y que lo que era obviamente verdad pase a ser puesto en cuestión cuando la voz del padre, inesperadamente, se apodera del relato y el escritor le hace hablar a fin de que se defienda de las graves acusaciones que un mal hijo le ha obligado a escuchar.

Camus lo había dicho: Que una cosa viva tenga su forma en este mundo y éste se reconciliará. Pero si hay algo que resulta impensable en la literatura de Kafka es justamente la reconciliación. Las visiones del horror que se hallan en sus libros no encuentran solución ni en este ni en el otro mundo. No hay esperanza. En el ensayo dedicado a Kafka al que ya me he referido, Steiner apuntaba esta reflexión del escritor checo: Unos niegan el infortunio señalando el sol, él niega el sol señalando el infortunio.

En relación con su escritura, yo opino que Kafka erosionó tanto como pudo la idea de la trascendencia, bien fuera que ésta adoptara la forma de dios, el estado o la autoridad paterna. No obstante, su rebelión no fue una rebelión al uso. Se fraguó en silencio en una espera contenida, desvelando poco a poco, como se teje una tela de araña, la razón perversa del poder. A mí, con todo, me gusta celebrar en Kafka ese amor por las palabras, ascético y riguroso, que en tantas ocasiones llega a hacernos sentir un efecto próximo a la embriaguez física.

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Queremos tanto a Bernhard

06 miércoles Jun 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Bernhard, Freud, Heidegger, Kant, Kurt Hoffmann, Miguel Sáenz

Había comprado el libro Corrección por la sobriedad de la tapa de color de arena pálido donde destacaba el título en negro y una sola rosa amarilla. Recuerdo que era invierno cuando empecé a leerlo en el metro de Barcelona sin que tuviera entonces ningún conocimiento de su obra. En total eran 324 páginas distribuidas en dos únicos capítulos formados a su vez por un único párrafo. Ningún punto y aparte y algún punto y seguido. Hacía diez años que se había publicado en España su novela Trastorno y cualquier lector acostumbrado a su escritura habría reconocido que no era aquella la mejor manera de introducirse en una obra que requiere como pocas la mayor atención.

Thomas Bernhard no se adapta (eso lo comprendería enseguida) a las condiciones de lectura que impone el transporte público. A pesar de todo, después de la perplejidad que me produjeron las primeras páginas, ya en casa, mejor instalado, fui quedando subyugado por el ritmo y la fluidez del texto. Bernhard no es sólo un maestro de la exageración como se ha destacado siempre, sino también un virtuoso del lenguaje, capaz de producir frases con una base rítmica y una cadencia sonora inigualables.

Desde su novela Helada, la primera que publicó a los treinta años, hasta Extinción, la última (que se desarrolla como un libro olímpico de un solo párrafo de 482 páginas apretadas) todos los libros de Bernhard pueden considerarse variaciones sobre un mismo tema. Ese tema no es otro que el propio Thomas Bernhard. En las conversaciones que mantuvo con Kurt Hoffmann él mismo lo dejó dicho: El escritor tonto, el pintor tonto, busca siempre motivos, pero uno sólo se necesita a sí mismo, sólo necesita seguir su vida. Quiere seguir siendo el mismo, pero no escribir lo mismo. Y eso es lo que importa.

Resulta una obviedad que para seguir publicando libros, hay que inventarse una historia cada vez, un nuevo vestido, una manera nueva de acicalarse, de cubrir lo interior con lo exterior, pero Bernhard sabe que en el fondo el artista está siempre desnudo. Thomas Bernhard forma parte de esa galería de monstruos que cité en otra ocasión y no creo que sea demasiado afirmar que en cualquiera de sus páginas se halla contenido el cuerpo entero de su obra.

Si tuviera que elegir no obstante un único libro me decantaría por Helada, donde se muestra el Bernhard más espontáneo, antes de que la progresión de su estilo, lo condujera al final a un engrosamiento fastuoso de sus recursos. O su Autobiografía, en la que los lindes entre lo inventado y lo realmente sucedido se desdibujan y se confunden, de manera que los cinco pequeños volúmenes que la forman se convierten en la mejor vía de acceso a su universo donde la verdad se mezcla con la mentira y la mentira crea y genera la verdad simbólicamente pues es esa a fin de cuentas la única que tiene algún valor estético. O La calera (es difícil decidirse) o los Maestros antiguos, novela tan irreverente en el tratamiento que hace de la tradición, que sólo por ver el desparpajo con que Bernhard ventila a Kant y a Freud, a Heidegger a quien llama sin el menor complejo: ridículo burgués nacionalista en pantalones bombachos, ya merece la pena que se la lea. Aunque no le importe para ello, como subraya su traductor y biógrafo Miguel Sáenz, tener que inventarse las citas.

Porque Thomas Bernhard inventa no sólo aquí, sino en todo lo que ha escrito, lo que haga falta. Y así como puede ensalzar y denigrar simultáneamente a esos maestros de la humanidad sin que le tiemble la voz, bajo el argumento de que sabe bien de qué habla pues ha profundizado en ellos hasta quedarse ciego de estudiarlos, no es extraño que en cualquier otro lugar, o a renglón seguido, reconozca que en verdad se limitó a echarles un vistazo, porque no hay nadie que lea menos que él, ya que cuando escribe y escribió muchísimo, no podía leer y cuando leía no podía escribir.

Con todo y con eso, aunque parezca una paradoja, pocos textos están tan bien ensamblados como los suyos. Por la virtud técnica, que Bernhard controla como nadie y le permite moverse en el límite, sus novelas rara vez flaquean y nunca llegan a deshojarse en las manos del lector. Bernhard es, utilizando la imagen con la que él mismo describe a sus editores, la antítesis de aquellos que todo lo traspapelan.

Leerlo acaba siendo una experiencia que produce cierto trastorno. Pero la decisión de seguirlo en una nueva lectura es un hecho inevitable que transmite el simple acercamiento a sus obras. Si se quiere comprender el sentido de su estética hay que dejarse llevar por el singular humor que le posee, capaz de reunir en el escenario de Una fiesta para Boris, a dieciséis tullidos sin piernas. El mismo humor que hace falta para asegurar que el caos puede ser tranquilizante. Todo en Bernhard viene a corroborar lo absurdo de una crisis que busca la catarsis en el desconcierto que genera.

En sus libros no se observa ninguna jerarquía pues todo lo que en ellos se dice se halla situado a la misma distancia de sus obsesiones. El desarrollo de sus novelas toma cuerpo a medida que la pulsión de darle vueltas a una idea lo empuja a reunir sedimentos de procedencia ancestral. El tiempo circular de la estructura narrativa, sugiere una peana por la que fuera girando la variación infinita de la lengua.

Si el proyecto de Beckett se caracterizaba por haber conducido a la literatura a la frontera del silencio, yo diría que Thomas Bernhard quiso ordenar con su canto todo el ruido y la furia de que fue capaz. Lo importante, contó, es que suene bien. Pues eso tira de uno; lo mismo que el perro de la correa, eso tira del lector. Cada enfermedad superada es una historia estupenda, porque nadie puede dejar en tu platillo nada parecido.

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Querer crear el mundo

28 lunes May 2012

Posted by Felix Pelegrín in Filosofía, Literatura

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Camus, Nietzsche, Wittgenstein

No podemos saber hasta qué punto Albert Camus mantuvo viva la esperanza en un mundo reconciliado, pero con seguridad comprendió que éste tenía por condición la utopía. De acuerdo con esta exigencia, cualquier adecuación fácil al universo de lo establecido, cualquier esfuerzo por transigir con la política del momento, eran interpretados como una traición a la aspiración legítima de vivir un día en un mundo mejor. Por ello, en su obra, nos legó únicamente un débil modelo de lo que pudiera ser aquella situación que imaginó siempre próxima a la vivencia estética.

Albert Camus fue ante todo, un escritor de novelas y obras de teatro en las que apostó por el realismo (entendida esta acepción como la confianza en que los sentidos son capaces de captar cosas tan poco ideales como el sufrimiento y el amor). Mas no por ello debemos creer que su pensamiento fuera un pensamiento de poca altura aunque, en sentido riguroso, no fue nunca un filósofo. Gran parte de lo que leemos en sus ensayos, El mito de Sísifo y El hombre rebelde, no obedece a un planteamiento original, él mismo lo reconoce, ni sus análisis son intachables.

Más que ofrecer ideas nuevas, lo que nos propone con ellas y nos revela su empeño, es un enfoque distinto de cuanto le rodea, un reajuste de la mirada. Más que la voluntad de probar nada demostrativamente, sus libros adoptan la forma de una interpelación; apuntan hacia algo que lleva ahí largo tiempo apartado de la luz, en un rincón sombrío, frecuentemente ignorado. Por eso el valor de su propuesta consiste, no tanto en la originalidad de contenidos que ofrece, como en el nuevo énfasis con el que nos habla de ellos, en el nuevo timbre que nos transmite su voz.

También Wittgenstein con el pasar de los años, cuando su pensamiento adquirió la forma de una ruptura con los límites que él mismo se había impuesto creyendo que serían infranqueables, reconoció que no había sido nunca un productor de ideas nuevas. Y que su mayor aportación a la filosofía no tenía tanto que ver con que hubiera ayudado a hacer brotar una semilla, una idea inexistente hasta aquel momento, como haberle ofrecido al pensamiento una tierra de cualidad distinta, donde los frutos, aunque fueran parecidos, tenían un sabor diferente.

Ni siquiera el agua, inodora e insípida por definición, como nos enseñaron en la escuela, sabe igual si la veta que ha tenido que atravesar antes de llegar al vaso ha cruzado un fondo cálcico o ferruginoso. Un viejo concepto en su cabeza (así lo creía él y así lo fueron entendiendo sus seguidores) producía inevitablemente un resultado especial. Cualquier idea en el molino de su mente acababa dotando de un sentido más refinado, casi traslúcido, a las cuestiones que planteaba.

Con Camus pasa algo parecido. Para comprender su originalidad yo creo que es preciso leer sus textos no sólo con la inteligencia, sino también, y especialmente, con el oído. Por más que leídas en otros lugares, sus palabras salvan en todo momento la distancia de lo ya dicho. No son (para decirlo a la manera de Machado) eco, sino voz.

Como Nietzsche, Camus halló en el arte el verdadero modelo de su pensamiento, la clave para la redención del hombre. Pensar era para él (lo escribe en El mito de Sísifo) querer crear el mundo. Lo que lo distanciaba del viajero impenitente que en sus desplazamientos soñó al superhombre, era el acento que ponía en el reconocimiento de los fenómenos. Mientras Nietzsche parece repudiarlos cada vez con mayor intensidad, él no duda de que ningún artista puede prescindir de lo vulgar y lo cotidiano. Pues ahí es, en gran medida, donde el creador encuentra los materiales para su trabajo. Lo defectuoso del mundo, su unidad perdida, debía restablecerse por medio de la creación.

Que una cosa viva tenga su forma en este mundo y éste se reconciliará. Estas palabras llenas de fervor revelan la confianza en la absurdidad de la vida, aún a tiempo de alcanzar un sentido. De este modo no hay que pensar que la exigencia estética fuera para Camus un mero añadido, algo así como una orla que podía servir para encuadrar un concepto, sino una exigencia consustancial a la rebelión misma. Su modelo de reconciliación, la obra de arte.

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