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Desde su muerte en 1924, las aproximaciones que se han hecho a la obra de Kafka han ido apareciendo una tras otra igual que se despliega un abanico. Empezando por aquella que interpreta sus relatos como expresión de la angustia religiosa del hombre abandonado por dios en un mundo sin sentido, hasta acabar con la que afirma que todo lo que en ella se cuenta no es más que la narración simbólica de un conflicto familiar.

Como señala George Steiner en el ensayo sobre Kafka que está recogido en Lenguaje y silencio, ya en 1958 Rudolf Hemmerle consignaba mil trescientos títulos de crítica y exégesis sobre su obra. La suma de tales estudios no ha hecho, sin embargo, más que crecer y no parece haber indicios de que esta tendencia en los estudios literarios vaya a tener fin. Ni siquiera en nuestra época cuando el término kafkiano hace muchos años que entró con fuerza a formar parte del lenguaje de la calle y ya todo el mundo parece tener claro lo que significa. Tal vez sea esto último lo que me anima a añadir también un par de consideraciones.

La interpretación que llevó a cabo su amigo Max Brod convertido tras su muerte en su albacea, destaca precisamente la religiosidad de Kafka, oculta mientras no llegó la tuberculosis para destaparla. Según su lectura esta religiosidad sería visible a través de algunos textos en los que se muestra cómo Kafka no estaba dispuesto a renunciar a la esperanza. A título de ejemplo, Brod recomienda repensar el siguiente aforismo: No desesperes, ni siquiera por el hecho de que no desesperas. Cuando todo parece terminado, surgen nuevas fuerzas; esto significa que vives.

Personalmente no encuentro en estas palabras nada de lo que Max Brod sugiere. Según él, Kafka, al igual que el desgraciado Job, que fue el personaje más maltratado de todos cuantos recorren las páginas del Antiguo testamento, viene a dialogar con dios a la espera de que llegue el día en que éste le responda a qué se debe su tormento; la lectura de la Carta al padre (que curiosamente el padre no llegó a recibir nunca) allana un terreno demasiado escarpado, facilitando ingenuamente que se acepte como la cosa más natural del mundo, la última interpretación.

Se sabe que a excepción de unos cuantos cuentos entre los que se encuentra el relato La metamorfosis, Franz Kafka publicó sus principales obras póstumamente, después de que Max Brod desobedeciera la petición que Kafka mismo le había formulado con el pretexto de que las suyas eran historias incompletas y por tanto imperfectas. Todo esto sin excepción, le dijo, existe para ser quemado, y te ruego que lo hagas lo antes posible. Era como si Kafka hubiera dispuesto con un simple gesto acarrear él solo con el destino de los judíos, anticipándose al holocausto de unos años después. Kafka pudo ser un visionario. Pero eso nada tiene que ver con dios, ni con ninguna facultad que conecte con lo sobrenatural. Su nihilismo es lacerante.

La experiencia que describen sus historias (piénsese en la máquina de tortura que ideó en La colonia penitenciaria) anticipa el horror que tuvieron que sufrir sus hermanas al morir en un campo de exterminio nazi. Sin embargo, no pienso que sea una malicia dudar de la sinceridad de Kafka al solicitar al amigo la destrucción de sus obras. Pues creo que la circunstancia de que muchas de ellas quedaran sin concluir no es tanto un defecto como un rasgo formalmente esencial de sus ficciones. Tal como lo es la paciencia y la obstinación del agrimensor Joseph K. mientras aguarda a que llegue una respuesta del Castillo o la que Franz Kafka (el funcionario) debía de aplicarse cada mañana cuando tenía que suspender la tarea de escribir para ir la oficina.

Todo se corta y se demora y todo vuelve a empezar porque al final está claro que la meta existe pero no el camino. Como si el arte de Kafka se derivara de este conocimiento casi secreto que consiste en no concluir nada y dejar la acción o el pensamiento en suspenso.  Kafka no acabó, es cierto, ninguna de sus grandes obras ni un número importante de cuentos que muestran la apariencia de ser simples fragmentos, pero intuyo que se trata de una solución acorde con la forma de vivir que eligió para sí mismo. En Franz Kafka la distinción entre la literatura y la vida (la expresión coincide con el título de una obra de Jorge Semprún) no tiene perfiles precisos.

La Carta al padre es un relato íntimo, cuya temática pertenece a su vida privada, pero no excluye que funcione como una máquina literaria. Ricard Torrents lo da a entender en el comentario que hace de esta obra, y estoy de acuerdo con él en que esa apreciación se torna evidente cuando al final de la carta, Kafka llevado por la imaginación, no puede evitar que todo se trunque y que lo que era obviamente verdad pase a ser puesto en cuestión cuando la voz del padre, inesperadamente, se apodera del relato y el escritor le hace hablar a fin de que se defienda de las graves acusaciones que un mal hijo le ha obligado a escuchar.

Camus lo había dicho: Que una cosa viva tenga su forma en este mundo y éste se reconciliará. Pero si hay algo que resulta impensable en la literatura de Kafka es justamente la reconciliación. Las visiones del horror que se hallan en sus libros no encuentran solución ni en este ni en el otro mundo. No hay esperanza. En el ensayo dedicado a Kafka al que ya me he referido, Steiner apuntaba esta reflexión del escritor checo: Unos niegan el infortunio señalando el sol, él niega el sol señalando el infortunio.

En relación con su escritura, yo opino que Kafka erosionó tanto como pudo la idea de la trascendencia, bien fuera que ésta adoptara la forma de dios, el estado o la autoridad paterna. No obstante, su rebelión no fue una rebelión al uso. Se fraguó en silencio en una espera contenida, desvelando poco a poco, como se teje una tela de araña, la razón perversa del poder. A mí, con todo, me gusta celebrar en Kafka ese amor por las palabras, ascético y riguroso, que en tantas ocasiones llega a hacernos sentir un efecto próximo a la embriaguez física.

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