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Había comprado el libro Corrección por la sobriedad de la tapa de color de arena pálido donde destacaba el título en negro y una sola rosa amarilla. Recuerdo que era invierno cuando empecé a leerlo en el metro de Barcelona sin que tuviera entonces ningún conocimiento de su obra. En total eran 324 páginas distribuidas en dos únicos capítulos formados a su vez por un único párrafo. Ningún punto y aparte y algún punto y seguido. Hacía diez años que se había publicado en España su novela Trastorno y cualquier lector acostumbrado a su escritura habría reconocido que no era aquella la mejor manera de introducirse en una obra que requiere como pocas la mayor atención.

Thomas Bernhard no se adapta (eso lo comprendería enseguida) a las condiciones de lectura que impone el transporte público. A pesar de todo, después de la perplejidad que me produjeron las primeras páginas, ya en casa, mejor instalado, fui quedando subyugado por el ritmo y la fluidez del texto. Bernhard no es sólo un maestro de la exageración como se ha destacado siempre, sino también un virtuoso del lenguaje, capaz de producir frases con una base rítmica y una cadencia sonora inigualables.

Desde su novela Helada, la primera que publicó a los treinta años, hasta Extinción, la última (que se desarrolla como un libro olímpico de un solo párrafo de 482 páginas apretadas) todos los libros de Bernhard pueden considerarse variaciones sobre un mismo tema. Ese tema no es otro que el propio Thomas Bernhard. En las conversaciones que mantuvo con Kurt Hoffmann él mismo lo dejó dicho: El escritor tonto, el pintor tonto, busca siempre motivos, pero uno sólo se necesita a sí mismo, sólo necesita seguir su vida. Quiere seguir siendo el mismo, pero no escribir lo mismo. Y eso es lo que importa.

Resulta una obviedad que para seguir publicando libros, hay que inventarse una historia cada vez, un nuevo vestido, una manera nueva de acicalarse, de cubrir lo interior con lo exterior, pero Bernhard sabe que en el fondo el artista está siempre desnudo. Thomas Bernhard forma parte de esa galería de monstruos que cité en otra ocasión y no creo que sea demasiado afirmar que en cualquiera de sus páginas se halla contenido el cuerpo entero de su obra.

Si tuviera que elegir no obstante un único libro me decantaría por Helada, donde se muestra el Bernhard más espontáneo, antes de que la progresión de su estilo, lo condujera al final a un engrosamiento fastuoso de sus recursos. O su Autobiografía, en la que los lindes entre lo inventado y lo realmente sucedido se desdibujan y se confunden, de manera que los cinco pequeños volúmenes que la forman se convierten en la mejor vía de acceso a su universo donde la verdad se mezcla con la mentira y la mentira crea y genera la verdad simbólicamente pues es esa a fin de cuentas la única que tiene algún valor estético. O La calera (es difícil decidirse) o los Maestros antiguos, novela tan irreverente en el tratamiento que hace de la tradición, que sólo por ver el desparpajo con que Bernhard ventila a Kant y a Freud, a Heidegger a quien llama sin el menor complejo: ridículo burgués nacionalista en pantalones bombachos, ya merece la pena que se la lea. Aunque no le importe para ello, como subraya su traductor y biógrafo Miguel Sáenz, tener que inventarse las citas.

Porque Thomas Bernhard inventa no sólo aquí, sino en todo lo que ha escrito, lo que haga falta. Y así como puede ensalzar y denigrar simultáneamente a esos maestros de la humanidad sin que le tiemble la voz, bajo el argumento de que sabe bien de qué habla pues ha profundizado en ellos hasta quedarse ciego de estudiarlos, no es extraño que en cualquier otro lugar, o a renglón seguido, reconozca que en verdad se limitó a echarles un vistazo porque no hay nadie que lea menos que él, ya que cuando escribe y escribió muchísimo, no podía leer y cuando leía no podía escribir.

Con todo y con eso, aunque parezca una paradoja, pocos textos están tan bien ensamblados como los suyos. Por la virtud técnica, que Bernhard controla como nadie y le permite moverse en el límite, sus novelas rara vez flaquean y nunca llegan a deshojarse en las manos del lector. Bernhard es, utilizando la imagen con la que él mismo describe a sus editores, la antítesis de aquellos que todo lo traspapelan.

Leerlo acaba siendo una experiencia que produce cierto trastorno. Pero la decisión de seguirlo en una nueva lectura es un hecho inevitable que transmite el simple acercamiento a sus obras. Si se quiere comprender el sentido de su estética hay que dejarse llevar por el singular humor que le posee, capaz de reunir en el escenario de Una fiesta para Boris, a dieciséis tullidos sin piernas. El mismo humor que hace falta para asegurar que el caos puede ser tranquilizante. Todo en Bernhard viene a corroborar lo absurdo de una crisis que busca la catarsis en el desconcierto que genera.

En sus libros no se observa ninguna jerarquía pues todo lo que en ellos se dice se halla situado a la misma distancia de sus obsesiones. El desarrollo de sus novelas toma cuerpo a medida que la pulsión de darle vueltas a una idea lo empuja a reunir sedimentos de procedencia ancestral. El tiempo circular de la estructura narrativa, sugiere una peana por la que fuera girando la variación infinita de la lengua.

Si el proyecto de Beckett se caracterizaba por haber conducido a la literatura a la frontera del silencio, yo diría que Thomas Bernhard quiso ordenar con su canto todo el ruido y la furia de que fue capaz. Lo importante, contó, es que suene bien. Pues eso tira de uno; lo mismo que el perro de la correa, eso tira del lector. Cada enfermedad superada es una historia estupenda, porque nadie puede dejar en tu platillo nada parecido.

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