CUADERNO PARA PERPLEJOS

~ Félix Pelegrín

CUADERNO PARA PERPLEJOS

Publicaciones de la categoría: Literatura

Como un oso solitario (1)

08 sábado Sep 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Flaubert, Sartre, Turguéniev, Unamuno

El 13 de noviembre de 1872, en una carta dirigida a su amigo Ivan Turgéniev, Gustave Flaubert, refiriéndose al estado social de su época, le escribió las siguientes palabras: nunca el odio a cualquier grandeza, el desdén por lo bello, la aversión, en fin, a la literatura, han sido tan palpables. Unas líneas antes, en esa misma carta, el autor de Madame Bovary, víctima de una gran aflicción, (en tres años había perdido a casi todas las personas que quería) se había estado quejando de cómo la estupidez pública le desbordaba. Cosa que no quería decir que fuera a dejarse abatir por el desaliento y acabara confesándole al amigo, que estaba preparando un libro en el que iba a procurar escupir toda su bilis.

Se sabe por su correspondencia que Flaubert alimentaba este bilioso propósito, como mínimo desde 1852. Y si es cierta la anécdota que se cuenta de que a los nueve años concibió la idea de ir recogiendo por escrito las tonterías que oía decir a la gente que iba a visitar a sus padres, se podría pensar que había aguardado pacientemente toda la vida con la sola esperanza de que un día llegara ese momento. En su retiro, siempre he procurado vivir en mi torre de marfil, Flaubert no está dispuesto a no hacerse oír. Siquiera sea porque está cansado de ver cómo una marea de mierda bate sus muros para derrumbarla impidiéndole hablar con nadie sin encolerizarse, haciéndole decir que todo lo que lee sobre la actualidad le enfurece.

Flaubert inicia la redacción del libro anunciado el 1 de agosto de 1874, después de dos años de grandes preparativos. Me lo he jurado. Ya no puedo dar marcha atrás. ¡Pero qué miedo tengo! ¡Qué congoja! Su ánimo es el de aquél que ha comprendido que va a amarrarse al potro para el resto de su vida. Porque Bouvard y Pecuchet (tal es el nombre con el que decidirá titular la obra -el mismo que el de sus protagonistas) se publicaría sólo póstumamente en 1880 después de que su autor sufriera una congestión cerebral que habría de impedir que lo acabara, negándole la suerte de ver cumplido su propósito.

Pero la relación que expresa esa dependencia incómoda que Flaubert establece con sus libros y sus personajes, a los que a menudo no puede oírles hablar sin irritarse, no es nueva en él. La larga correspondencia que mantuvo con Louise Colet durante la redacción de Madame Bovary, abunda en expresiones que ilustran un sentir que se alimenta de la pasión obsesiva que forman el amor y el odio. Un odio dinámico, que se caracteriza por el deseo de venganza que Flaubert siente contra la clase social que constituye la burguesía de su época (a la que él mismo pertenece) y a la que se cebará en describir con punzante ironía en la mayoría de sus obras; una clase social, cuyo desconcierto es tal, según le explica a Turguéniev, que ni siquiera tiene el instinto de defenderse. Aunque fuera el suyo, un odio no sangriento que podía aplacarse gracias a la fuerza y los límites que le imponía su amor por las palabras.

Porque Bouvard y Pecuchet es, como se ha dicho tantas veces, una gran Enciclopedia de la tontería humana (Flaubert mismo, un año antes de morir, había propuesto ese subtítulo para su publicación) o de la idiotez, como prefería decirlo Sartre con una palabra más incisiva, al considerar que Flaubert identificaba la tontería con el mal y al tonto con el opresor, hallando de esta forma una razón que explicara su necesidad de enfrentamiento; o la estulticia como se prefiere también traducir más delicadamente el término francés bêtise. Pero lo cierto es que es también un libro (al menos esta ha sido mi experiencia confirmada con cada nueva lectura) donde no faltan los motivos para admirarse de la entrega sin condiciones que Flaubert hace a la humanidad por medio de la práctica de la literatura, que le hace cómplice de forma inevitable de aquello que ataca y critica. En el mes de setiembre haré excursiones arqueológicas y geológicas por la Baja Normandía; como siempre para mi pareja de idiotas. Tengo miedo de serlo yo también, le dice, una vez más, a Turguéniev, con quien a través de las cartas aprovecha para sincerarse.

El amor por las palabras que experimenta, desde su particular vivencia, como un ideal inalcanzable y que siente, aunque se empeñe en aparentar lo contrario, por sus criaturas, haciendo que se embarque con ellas en los proyectos más osados. Como le ocurrió sin duda a Cervantes al comprender el destino amargo que aguardaba a Alonso Quijano a quien, ya próximo el final de su historia, decidió devolverle la cordura. ¡Cómo sino mantener la fuerza necesaria para no flaquear y seguir firme ante la mediocre aspiración de una época que le hace imaginarse como un oso solitario!

Sin estar totalmente de acuerdo con Miguel de Unamuno, que creyó adivinar en el destino de los protagonistas de la novela un destino trágico, donde otros sólo habían visto el resultado de una tarea absurda e idiota, Bouvard y Pecuchet es para mí una obra que se podría rodear de esa aureola, pero en la que la visión lúcida de la escritura en ella expuesta, consigue que el transcurso del tiempo no haga sino multiplicar las ideas que sugiere; que no renuncia a hacer escarnio de sí misma y que muestra una extraña ternura por esos dos entusiastas que no se rinden y continúan desplegando después de cada fracaso, una energía aún mayor que cuando debieron ser jóvenes. En el momento en que se retiran para emprender la segunda parte del libro que debía titularse La copia, Bouvard y Pecuchet deben frisar ya los ochenta años y no parece que esa circunstancia haya dejado en ellos ninguna mella.

Así, el paso del tiempo contra el que Flaubert se rebela ideando para sus protagonistas una especie de juventud eterna, cuando la mente no se proyecta ya naturalmente hacia el porvenir, es que uno se ha hecho viejo, al asociarse con la imposibilidad de un progreso en el que no cree, el futuro es lo peor que hay en el presente, resultará ser a la postre lo que los salve del destino trágico que en una lectura tendente al patetismo les había asignado Unamuno.

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De la estirpe de Caín

21 sábado Jul 2012

Posted by Felix Pelegrín in Filosofía, Literatura

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Aristóteles, Dostoievski, Nietzsche, Sartre, Steiner

Cuanto más admiraba yo “lo bello y lo sublime” más profundamente me hundía en el cieno y más se desarrollaba en mí esa facultad de encenagarme. El que así habla es el hombre del subsuelo, el protagonista de las Memorias del subsuelo, libro que Dostoievski escribió (según palabras recogidas en los apuntes de El adolescente) para exponer los sufrimientos de un hombre que va a hablar de su culpa, de sus aspiraciones hacia el ideal, de su incapacidad para alcanzarlo. Porque el hombre del subsuelo se halla sometido a la fatalidad que consiste en no avistar la verdad aunque la haya buscado empecinadamente.

George Steiner, en su ensayo Tolstói o Dostoievski, da a entender en unas líneas que no cree que sea por casualidad que los cuarenta años que suman la experiencia del hombre del subsuelo vengan a coincidir con los cuarenta años que anduvo el pueblo de Israel por el desierto. La insinuación plantea un reto a quien desee investigarlo ya que, efectivamente, tras guiar a su pueblo en la larga travesía y haber pasado todo tipo de penurias, también a Moisés le fue negado el beneficio de la tierra prometida. Pensada sin embargo esa opción, considero que se trata de una simple coincidencia. Por sugestiva que sea, no veo la forma de aproximar la personalidad de un individuo feo y envidioso, resentido, para el que Dostoievski no ahorró poner en propia boca ningún adjetivo descalificativo, con la personalidad sólida y arrogante del conductor de pueblos que fue Moisés.

Toda interpretación ha de tener un límite y para el caso, no creo justificado ir más allá por el sólo afán de trasgredirlo. Y eso sin contar con el hecho de que el hombre del subsuelo en absoluto contó nunca con la posibilidad de que sus pasos pudieran conducirlo alguna vez fuera del tabuco donde vivió, reducto miserable que lo mantuvo alejado del resto de los hombres a quienes consideraba, además, culpables del infierno que le había tocado vivir. ¿Cómo, en estas condiciones, se le podría imaginar guiando o conduciendo a nadie? La sola idea de un pueblo dejándose aconsejar por un hombre de sus características es ridícula. Ninguna afinidad en este sentido, ningún vínculo que ligue a una y otra personalidad he podido descubrir mientras leía sus Memorias. Pero si es adecuado y pertinente indagar en los fundamentos religiosos que alimentaron el pensamiento de Dostoievski para una mejor comprensión de su obra, no creo que resulte en cambio desmesurado atribuirle a ese malvado original las cualidades propias de Caín.

Pues también Caín era envidioso, y no podía soportar que no se valorara su inteligencia por encima de la bondad de su hermano, que no luchó para merecerla. Y así como el primer asesino de la historia es marcado por su crimen y obligado a esconderse, el hombre del subsuelo se sentirá impelido ante la mirada de los otros, a encerrarse en su cochambrosa habitación, consciente de que los demás no hacen sino acentuar su vivencia del infierno (infierno fue el nombre que dio Sartre a los otros). Porque la sociedad brinda su reconocimiento por el simple hecho de pertenecer a una clase social y poseer un estatus determinado, el hombre del subsuelo se enerva, como le ocurre con los amigos de infancia: Zviérkov, Simonov, Ferfichkin…

La simple constatación del éxito ajeno, la cortedad de miras con que la gente afronta las cosas sin que les haga falta ahondar en ellas, su eficacia para hacer rentables sus conocimientos, su prepotencia natural que les provoca que ignoren incluso su presencia. Estaba yo de pie, junto a la mesa de billar, e involuntariamente le estorbaba el paso. El oficial me cogió por los hombros y sin decir nada, sin hacerme la menor advertencia, ni darme explicación alguna, me quitó de en medio, pasó adelante, e hizo como si no me hubiera visto. Todas estas pequeñas afrentas, todos estos detalles, le hacen sentir la mayor envidia, un afán destructivo que se desarrolla dentro de sí como una tenia que ahoga su existencia, impidiéndole conocer qué sea el bien, la belleza o el amor. Y lo denigra convirtiéndolo a su vez en un ser más propio del inframundo. Soy un hombre enfermo… Soy malo. Así comienza la novela.

El hombre del subsuelo. Quizás un hombre anclado en los mitos del Antiguo testamento para quien Jesús, el cristo, que más adelante inspirará las figuras del príncipe Mishkin en El idiota, o Aliosha en los Hermanos Karamazov, no resulta aún convincente. ¿Cómo podría tener ninguna compasión por Liza, la prostituta, que al final de la novela ha ido a verle con la esperanza de que el amor de ambos pueda redimirlos? Él, que sólo siente deseos de hacerle daño, incapaz de perdonarse el crimen de haber nacido. El propio Aristóteles, nos recuerda Nietzsche, veía en la compasión un estado peligroso y enfermizo al que se haría bien en tratar de vez en cuando con un purgativo.

Sin embargo, el hombre del subsuelo cree conocer el remedio. O así acaba haciéndoselo creer a Liza cuando esta se presenta en el cuchitril sucio y desordenado cuya exposición ante sus ojos no hace sino acentuar aún más su miseria y su vergüenza, el odio, que su presencia afila al haber tenido la osadía de ver y descubrir algo más dentro de él mismo. Pero ese remedio, que está recogido en las dulces palabras que conducirían al amor, no deja de ser literatura, un sentimiento impostado carente de fundamento real.

En la última página de la novela confiesa: Hemos nacido muertos y hace mucho que nacemos de padres que ya no viven, y eso nos agrada cada vez más. Le tomamos el gusto. Dentro de poco querremos nacer de una idea. Para el capitán Ahab, Moby Dick era el muro que debía atravesar, para el hombre del subsuelo ese muro es la humillación y la miseria del cristianismo para el que no está maduro todavía. Una vía de escape que haría que Nietzsche más tarde, después de haber reconocido en Dostoievski una personalidad afín, se distanciara de él, como de Wagner o de Schopenhauer, por el espíritu de renuncia que alientan.

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Ballenas y Gigantes

07 sábado Jul 2012

Posted by Felix Pelegrín in Filosofía, Literatura

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Cervantes, Descartes, Kant, Melville, Schopenhauer, Unamuno

En Tres novelas ejemplares y un Prólogo, Miguel de Unamuno, en el Prólogo, escribió que Don Quijote es tan real como Cervantes; Hamlet o Macbeth tanto como Shakespeare. De esta forma aparentemente ligera, Unamuno cuestiona que exista una diferencia substantiva entre el autor y sus criaturas, poniendo en solfa los modos en que la realidad misma se muestra. La realidad en la vida de don Quijote, añade, no fueron los molinos, sino los gigantes. Pero este aserto requiere del propio escritor una clarificación: los molinos eran aparienciales, los gigantes nouménicos. Lo oscuro del lenguaje se debe a que los conceptos que utiliza Unamuno para movilizar sus ideas se encuentran en Kant, leído por Schopenhauer, aunque él prefiera no citarlo.

Dicho de otra manera y sin tecnicismos, lo que quiere apuntar con esas palabras es que los molinos eran aparentes y los gigantes reales. Qué sea pues lo real, según Unamuno, se halla en las ideas que don Quijote proyecta sobre las apariencias que son en cambio todo lo que Sancho ve.

Siguiendo esta línea argumentativa yo creo que se podría añadir que el capitán Ahab, Moby Dick y Herman Melville son igualmente reales en el sentido unamuniano, y que Ahab lo es porque Herman Melville llegó a pensarlo. Entiendo aquí esta actividad de la mente en un sentido amplio, es decir que Melville pudo dar cuerpo y vida a Moby Dick a través de la escritura de la novela. De la misma forma que ocurrió con Moby Dick a partir del momento en que, habiéndose enfrentado el capitán Ahab con ella por primera vez, después de perder éste en la lucha una de sus piernas, decidió dotarla de esas características que no son las de un cachalote común y la hacen inconfundible. No su tamaño sin parangón, ni su color extraordinario, ni su deforme mandíbula, que son sólo aparentes, la forma en que se muestra y aparece al resto de la tripulación (capaz de reconocer sólo este aspecto del animal) sino sobre todo su perversidad inteligente, insuperable.  

Si es correcta esta aproximación hay que admitir que no deja de ser terrible y desesperanzador (nos movemos entre márgenes de irracionalidad) que ambos personajes, don Quijote y Ahab, cuyos autores imaginaron diferentes y únicos porque vivían en la realidad, fueran víctimas de la locura. Una locura que en el caso de don Quijote (como se sabe) se explicaría por el exceso de lecturas que acabó intoxicando y despertando en él su carácter excepcional, pero que en el caso del capitán Ahab se produjo después de la experiencia traumática que quedó materializada por la amputación irreversible de su pierna.

Dos grandes diferencias, no obstante, se me ocurre que existen entre la locura de uno y otro personaje, que separan claramente sus visiones e impiden que se puedan reducir la una a la otra. La de don Quijote ha sido inducida por la imaginación, el exceso de lecturas; es real en el sentido en que dice Unamuno pero su origen es ficticio, produce un bucle reversible que es el que permitirá que don Quijote acabe recuperando la cordura.

Estamos en la misma época en que Descartes escribe en Holanda el Discurso del método. Apenas treinta y dos años separan su publicación del libro de Cervantes. También en su obra, el filósofo francés se vio acosado por genios malignos, quimeras, hipogrifos, ideas que él llamaba facticias (ficticias para que se entienda, ideas de la fantasía) que lo obligaban a establecer en qué consiste esa diferencia entre lo real y las apariencias. Pero Descartes no estaba dispuesto a enloquecer. Y según él se había propuesto, haciendo un uso adecuado de la razón, logró embridar la realidad, la sometió a la ley y la dejó mansa y sin fuerza. Después de recorrer en su búsqueda el campo del conocimiento a través de la duda metódica finalmente halló el criterio de verdad que aportaba claridad y distinción a sus ideas. Nada más le hacía falta.

La locura del capitán Ahab en cambio lo es sin remisión. No habría que obviar que don Quijote y el capitán del Pequod se encuentran separados en el tiempo y el espacio por doscientos cincuenta años y la expansión de la conquista de un nuevo mundo. El origen de su monomanía no es imaginario, dado que el muñón en la pierna se encarga de materializarla. Lo que se ve y se muestra a los ojos de cualquiera, el hecho aparente, ha dejado constancia de que la bestia existe. Su razón de ser es de otro orden, lo que la hará, en grado sumo, contaminante.

A través de la mordedura, el capitán Ahab recibe la furia destructiva de Moby Dick. Con un efecto aglutinante, se suma en él la rabia, cierta cualidad bestial que despierta su deseo obsesivo de aniquilar al otro. Otro, que no se limita a reflejar la causa directa de su odio, sino que implica a la humanidad representada en la variedad de tipos que conforma la tripulación del Pequod: desde el civilizado maestro que va narrando la historia (Ismael) hasta el caníbal que cederá su ataúd sin saberlo para que Ismael se salve (Queequeg).

Como en la fábula del escorpión que no puede obrar contra su naturaleza, el arpón de los balleneros se dobla, en esa aventura que recorre la experiencia de lo sublime, sobre quien lo arroja. La forma simbólica que adopta es la del doblón de oro clavado por el capitán Ahab en el mástil y que será para aquél que aviste primero a Moby Dick en el horizonte.

No se trata de capturar a una ballena cualquiera, pues sólo vale que se capture esa, que no se confunde con las apariencias y hace resplandecer la luz blanca que ha cegado al capitán.

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Preferiría que no

30 sábado Jun 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Borges, Camus, Deleuze, Kafka, Melville, Schopenhauer

En 1856 apareció Bartleby el escribiente, un relato de apariencia menor que el tiempo ha acabado convirtiendo en una de las obras más celebradas de Herman Melville. Cinco años antes se había publicado Moby Dick, novela inagotable en la que su autor ensayó los más variados registros en una innovación continua, a fin de mostrarnos la terrible belleza de la Ballena blanca.

Tanto el argumento de Moby Dick, que el cine ha popularizado en varias ocasiones, como el de Bartleby (cuya fórmula I would prefer not to -preferiría que no- ha acabado asimilada por la moda de las camisetas estampadas) son de sobras conocidos; pero la diferencia temática y la complejidad con que fueron abordadas una y otra obra, no impide que pueda rastrearse cierta continuidad entre ambas.

Jorge Luís Borges, que se convirtió en uno de los más importantes traductores de Bartleby al español, demasiado borgiano por cierto, pues como ha podido demostrar Walter Carlos Costa, no dudó en saquearle unas dos mil palabras al texto original que apenas supera las catorce mil (a fin de aproximarlo a su estilo) destacó una afinidad secreta y central entre las dos obras que le permitió extraer la consecuencia de que la pasión absurda, como diría Camus, puede ser contagiosa. En el prólogo que escribió para la edición, dice Borges: Es como si Melville hubiera escrito: Basta que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo.

No niego que la irracionalidad del capitán Ahab al mando del Pequod, la monomanía de su discurso delirante, constituyen elementos decisivos para la comprensión de la novela. En un momento dado, Ismael, el narrador de Moby Dick, nos recuerda: En su corazón Ahab había vislumbrado algo de esto. Como si se hubiera dicho: Todos mis medios son cuerdos, pero mis móviles y mis propósitos, son insensatos. Pero sólo con dificultad puedo admitir que la actitud de Bartleby (en quien descubro claros signos de rebeldía) sea una actitud irracional. Si no fuera porque un uso abusivo desgasta el sentido de las palabras, yo podría imaginarme hoy a Bartleby haciendo de la práctica de la indignación un modo de vida preferente.

En las páginas dieciséis y diecisiete de la versión de Borges, que en 1980 publicó la editorial Bruguera, se lee la descripción satisfecha que el abogado narrador, que contrató a Bartleby para ejercer de copista en su oficina de Wall Street, hizo de sí mismo. En ella, este hombre de modales pausados, se reconoce como un hombre práctico que nunca ha tolerado que perturben su paz y que no ha tenido otra ambición que trabajar en cómodos asuntos entre las hipotecas de gente adinerada pues desde la juventud ha sentido que la vida más fácil es la mejor. Más adelante, en la página treinta y uno, en un momento en el que se diría que es sorprendido en un lapsus psicoanalítico, lo vemos referirse al programa degradante que en verdad ha diseñado para Bartleby.

Para que el arreglo fuera satisfactorio, dice, conseguí un alto biombo verde que enteramente aislara a Bartleby de mi vista (aquí se observa cómo sin vacilar el abogado intenta anular por primera vez a la persona del empleado) dejándolo sin embargo al alcance de mi voz (aquí se expresa el afán de dominio que a pesar de todo, está dispuesto a ejercer sobre él).

Poco después, y en esa misma página, el abogado reconocerá, que Bartleby trabajaba día y noche, copiando a la luz del día y la luz de las velas. Encantado con su aplicación me habría encantado aún más, añade, si él hubiera sido un trabajador alegre. Pero escribía silenciosa, pálida, mecánicamente. Como se ve, lejos de querer contenerlo, el cinismo del jefe (agregado de la Suprema Corte del estado de New York) logra con esta breve reflexión desbordar todos los límites.

Y sin embargo, Borges llegó a comprender que ese cuento largo, sin aderezos, seco como lo son pocas ficciones, cien por cien americano, prefiguraba a Kafka, haciendo de Bartleby (de esto no sé si Borges se percató) un artista del hambre en la ciudad de los rascacielos, tanto o más virtuoso que su sucesor.

Así, creo que la conexión entre Moby Dick y Bartleby el escribiente sí existe, pero habría que buscarla en otro lugar. Al final de la historia se plantean preguntas sobre su pasado, se especula sobre su posible origen del que nadie nunca ha sabido nada. Deleuze describió a Ahab y a Bartleby como dos tipos originales y por esa razón consideraba que debían mantenerse irreconciliables.

Yo he querido imaginar, sin embargo, no sé sin con acierto, al insumiso copista, como un Ismael que hubiera decidido volver a empezar lejos del proceloso mar, exhausto, después de todo lo que llegó a ver con sus propios ojos (recuérdese que fue el único superviviente del Pequod, tras asistir al infierno de la Ballena blanca), después de sumergirse en el fondo del mar y, hundir las manos entre los inexplicables orígenes, las costillas, el vientre del mundo, de haber llegado a conocer la furia desmedida del monstruo.

Testigo privilegiado de la locura del capitán Ahab, que fue registrando a través del relato épico que es Moby Dick, Ismael (Bartleby) conocedor de delirios ajenos, no estaría dispuesto esta vez a dejarse arrastrar por la arrogancia de un abogado de Wall Street que ya había conseguido que perdieran la dignidad otros empleados de su oficina: dos escribientes y un muchacho muy vivo que estaba allí para los recados.

Bartleby sería para mí un representante de la naturaleza nihilista, inaprensible, cercana al espíritu de Schopenhauer, capaz de decir que no sin violentar la existencia. Opuesta a la fuerza ciega de la voluntad que rige la vida de Ahab en el viaje obsesionado hacia la muerte que arrastra a la tripulación del Pequod.

Me precipito hacia ti, ballena que todo lo destruyes sin vencer. Lucho contigo hasta el último instante, desde el centro del infierno te atravieso, en nombre del odio vomito mi último hálito sobre ti. Nada que pueda compararse al contenido de estas palabras salvajes sería justo atribuirle a la intención del copista.

 

 

 

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Las transformaciones del agrimensor

23 sábado Jun 2012

Posted by Felix Pelegrín in Filosofía, Literatura

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Deleuze, Dostoievski, Kafka, Max Brod, Steiner

Entre las múltiples imágenes con que Franz Kafka ha querido mostrarnos la condición humana, hay una en la que el hombre aparece muy a menudo dispuesto para la lucha. Una lucha astuta que él mismo iría librando toda su vida por el empeño decidido de no interiorizar una falsa identidad. La negativa a condescender con el escaso público de admiradores que asiste a presenciar su espectáculo de circo fue radical y a juzgar por la disparidad de opiniones que sigue generando su obra, impecable.

Kafka me parece el paradigma humano (un artista del trapecio, un artista del hambre) dispuesto a arriesgarlo todo porque no quiere establecer lazos distintos a aquellos que lo mantienen alejado de los productos más logrados de la especie. Como el hombre del subsuelo de Dostoievski, que después de una experiencia de cuarenta años se permite afirmar que el hombre del siglo XIX está moralmente obligado a ser una nulidad, Franz Kafka considera imprescindible ampliar esta valoración al siglo XX.

La enormidad de la figura de Goethe debió atemorizarlo tempranamente igual que le ocurrió con su padre a quien no tuvo otro remedio que enviar lejos de sí, a las antípodas, pero halló en Dickens y Dostoievski cierto calor, aunque éste tuviera mucho que ver con el calor que desprenden los animales en los establos. Para asegurarse la supervivencia en el mundo en que le tocó vivir, yo creo que Kafka (lo diré con una metáfora que acuñó Deleuze) optó por construirse un cuerpo liso, una máquina de guerra de apariencia inofensiva que lo situaba exteriormente más cerca de alimañas repulsivas que de cualquier otro semejante. Nadie antes se había atrevido con un escarabajo, aunque también probó con otras criaturas subterráneas no menos inquietantes.

En su guarida, mientras devora alimañas (en un momento al despertar se dio cuenta de que de sus labios colgaba una rata) el funcionario gris se entretiene sin que nadie lo sepa en construirse una fortaleza (el cuerpo liso) que va ampliando sin descanso, con el claro objetivo de que se vayan impermeabilizando los contornos de su piel, para que las marcas y señales que quieran fijarse en ella simplemente resbalen y desaparezcan. Igual que en el Informe para la academia, el pobre éxito obtenido por el hombre se justifica en última instancia  por sus orígenes simiescos.

Contra la abulia y la convención políticas que exigen cada día del ciudadano paciencia y tolerancia a la hora de juzgar a los poderes que se encarnizan con él, Kafka representó ya en su época un modelo de confrontación tenaz y disolvente que lo haría inconfundible. Ni judío, ni austríaco, ni alemán, ni checo, renunció a escribir en su lengua materna para sustituirla por el alemán, aunque esta lengua en su boca, como dice Steiner, chirriara a los oídos checos, ¿cómo atribuirle una identidad distinta de su singularidad? Kafka sigue sin adecuarse a ninguna retícula que permita codificarlo.

En este aspecto yo creo que la enfermedad de la que murió Kafka se presentó ante él con la fortuna del agua que se vierte sobre la tierra después de un largo periodo de sequía. Si en Dostoievski la conciencia lúcida, se aparece como una enfermedad, en Kafka la enfermedad se apareció como una vía de escape, un corredor estrecho que se ramificaba como una red de neuronas que traerían a su mente la lucidez que en un momento había estado a punto de perder.

Todo estaba decidido y no tenía sentido hacer trampas. Las únicas que llegó a permitirse imaginando que un hombre como él, una nulidad, que no sabía hacer otra cosa que escribir, sería capaz de formar una familia. Por más que el amigo Max Brod insistiera en representárselo como un padre-marido honrado y feliz, el cuento de los Once hijos no deja de ser una parodia grotesca que le alerta de aquello que podría sucederle si al movilizar sus fuerzas contra el deseo (la escritura, a la que no estaba dispuesto a renunciar) se dejara conducir por la ilusión del matrimonio. En un sistema que afirma la estructura del patriarcado, Kafka vio con claridad que Saturno, el dios que devora a sus hijos, no puede hacer otra cosa que cumplir con la misión que le ha sido encomendada.

Según la confesión que le hizo a Max Brod y que éste recoge en su biografía, la noche en que le sobrevino la hemoptisis (el vómito de sangre) que anunciaría de forma inexorable el final que llevaba tiempo urdiéndose, Fanz Kafka durmió tranquilo, liberado, como no lo había hecho en los tres últimos años.

 

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