CUADERNO PARA PERPLEJOS

~ Félix Pelegrín

CUADERNO PARA PERPLEJOS

Archivos de autor: Felix Pelegrín

Por qué no puedo con Goethe

13 martes Mar 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Adorno, Benjamin, Eckermann, Goethe, Nietzsche

A mí no me gustó Werter, ni tampoco Las afinidades electivas, por más que hiciera el esfuerzo de dejarme persuadir de la importancia de su lectura por una colega de oficio. Los años de aprendizaje de Wilhem Meister me tumbó poco antes de llegar a la página doscientos y en general siempre que he frecuentado a Goethe, con excepción de ciertos pasajes del Fausto, que me parecen insuperables, me ha decepcionado.

Decía Borges que todos los países se empeñan en erigir como símbolos nacionales figuras literarias que no les representan. No estoy siempre de acuerdo con Borges cuando ilustra sus palabras con los nombres de ciertos escritores, pero en lo que respecta a Goethe, no voy a discutírselo. Yo mismo me siento incapaz de asimilarlo a la literatura y la filosofía alemanas que siempre he admirado tanto. A Thomas Mann (que se tenía por su merecido sucesor) y a Adorno, a Nietzsche y a Schopenhauer, a Jünger (estoy pensando en Radiaciones, los diarios de la segunda guerra mundial y en especial en Los acantilados de mármol) les debo los momentos de lectura más intensos y felices de que he podido disfrutar a lo largo de mi vida de lector. Walter Benjamin, otro autor alemán al que estimo casi tanto como a los anteriores, en sus comentarios a Las afinidades electivas, con toda la lucidez que es capaz de desplegar en sus estudios literarios, tampoco pudo hacerme cambiar de opinión. Al final pensé que no debía estar yo hecho para beneficiarme de las contribuciones con que Goethe había decidido saldar sus deudas con la humanidad. Su personalidad resuelta de sabio (Goethe no era griego y no le hacía ascos al término que no dudó en atribuirse en más de una ocasión) le había animado, sin el menor escrúpulo, a identificarse orgullosamente con el destino de su patria, de manera que desde muy joven, sintió el deber de contribuir con enciclopédicos conocimientos a su desarrollo.

No obstante, si a mis veinte años Werter no fue capaz de ganarse mi admiración, ni tampoco en lo sucesivo ninguna otra obra de Goethe, las Conversaciones con Goethe, de Johann Peter Eckermann, con las que por azar me topé hace unas semanas en La Casa del Libro, me han permitido, en cambio, formarme una idea de qué sea lo que en esa obra ingente y desmesurada me sitúa en las antípodas de su sensibilidad.

El espíritu objetivista y didáctico que Eckermann no duda en alabar casi constantemente y que casaría muy bien con cierta filosofía utilitarista inglesa (Stuart Mill me parece un espíritu más próximo al de Goethe que el de cualquier otro artista de su época) creo que tiene mucho que ver con la suave aversión que me despierta el leerlo. Pero no deja de resultar paradójico que sea Eckermann, ese espíritu mediocre, que en palabras de Francisco Ayala tuvo la fortuna de asociar su discreta personalidad a la más plena y luminosa de su tiempo, quien me haya permitido ver de pronto con claridad cartesiana. A través de su lectura uno tiene la impresión de que el mundo era para Goethe una especie de aula donde comentar abultados libros en un pizarrón para admiración del público que debía tomar apuntes como si fuera una agrupación de simples escolares.

Mientras tanto, el gran discípulo abnegado y sumiso, ¿amante no correspondido? dispuesto siempre a dejarse asesorar y corregir, recoge en sus Conversaciones estas palabras tan significativas: Lo importante en usted –se refiere Goethe al propio Eckermann– es formarse un capital que no tenga pérdida (…)  Se lo repito una vez más, olvide aquellas cosas que no han de reportarle ningún beneficio.

Aplicados a la literatura, estos métodos objetivistas con los que justifica su repudio a la subjetividad, se me convierten en pesados pertrechos con los que no soy capaz de construir nada. Todo en Goethe, como lo muestra muy hábilmente Eckermann, ha sido ejecutado concienzudamente, con gran trabajo y fatigas, de manera que a su lado nada tienen que añadir sus lectores.

Goethe mismo no se cansa de repetirle a este servicial escriba:

Es una gran calamidad que en un estado nadie quiera vivir tranquilamente y gozar de la vida, sino que todos desean mandar y en el arte, que nadie quiera limitarse a gozar de lo que ha sido ya creado y que todos anhelen convertirse en creadores.

Tal vez y en el fondo, la razón por la que no puedo seguirlo con interés, se deba tan solo a la torpe aspiración que encierran esas pocas palabras. No en vano fue Goethe además un político.

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Pavese sin más

07 miércoles Mar 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Pavese

Existen muchas fotografías de Pavese que han popularizado la imagen de un escritor compacto, duro, entero, realizado; empeñado en divulgar el mito a que dio lugar su muerte. No deja de ser chocante si se tiene en cuenta que, probablemente no se sintió nunca cómodo en su propia piel y que sin duda no llegó a modelarla de acuerdo a su gusto. La primera impresión que producen la mayoría de esas fotos es una impresión calculada, pero yerra quien juzgue su personalidad a partir de ellas. Tras las gafas de intelectual, que no pueden engañar a nadie, surgen temerosos, como pequeños carbones que estuvieran a punto de apagarse, unos ojos que anuncian lo peor, lo terrible, el momento en que se cerrarán desapareciendo de ellos cualquier traza de esperanza. El rostro incompleto, oscurecido por el abandono, que no permite ya seguir siendo trabajado pues su artífice sabe desde hace tiempo que es esa una tarea ardua que cansa.

En alguna de las páginas del Oficio de vivir, Cesare Pavese nos recuerda que a partir de los cuarenta años cada hombre es responsable de su propia cara. Deduzco de esta afirmación que a partir de ese momento el rostro ha alcanzado la máxima definición por lo que sería inútil forzarlo a ver si aún puede resultar algo nuevo de él. Tanto si al final concluye en un rostro hosco y rudo, como si lo cierran líneas suaves y fofas que lo privan de concreción, la suerte, se diría, está echada. Y así ocurre que a partir de ese momento uno pasa a convertirse en un hombre enérgico o un hombre disoluto, una persona moral o corrupta, de una vez por todas y para siempre. Dicho en pocas palabras: uno pasa a convertirse en destino. A partir de los cuarenta años no hay excusas.

Pavese apenas se adentró más allá de ese límite y no pudo comprobar hasta qué punto el rostro puede o no seguir evolucionando. Tenía cuarenta y dos años poco después de haberse librado de ir a la guerra a causa del asma que padecía y haberse afiliado al partido comunista italiano (aunque su implicación en la política no hubiera estado nunca clara), cuando lo descubrieron en una habitación de hotel en Turín el 28 de agosto de 1947. El verano era la estación más bella, como certifica el título de una de sus novelas, la más propicia quizás para la muerte. Pavese decidió morir durante la noche, fue un acto concienzudo, no un accidente, como suelen ser la mayoría de los suicidios, lejos de sus amigos. Se diría que murió como un perro apaleado, enfermo de misoginia, después de haber ingerido una buena dosis de somníferos y sufrido una última decepción amorosa. A su lado y como única compañía con quien compartir sus últimas horas, el libro más hermoso que llegó a escribir de entre los muchos que escribió y uno de los más bellos que se escribieron en la primera mitad del siglo pasado: Diálogos con Leucó, el libro más querido y simbólico, donde explora la profundidad de los mitos, del amor, de la muerte. Aunque el propio Pavese dejara consignada por escrito la petición a sus amigos de que una vez que lo descubrieran cadáver no hicieran demasiado ruido, fue inevitable que lo desobedecieran. Para todos ellos se había cumplido lo más temido después de que él mismo tuviera el valor de escribir lo esencial en la última página del diario, descubierto a la mañana siguiente entre otros papeles en el interior de una carpeta: La cosa más secreta temida ocurre siempre. Basta un poco de valor. Cuando más determinado y concreto es el dolor, más se debate el instinto de la vida, y cae la idea del suicidio. (…) Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.

Aquellas frases se dijeron en serio, no fueron un bluff de escritor que tras la resaca se ríe de los excesos verbales que dejó anotados la noche anterior. Pavese cumplió su palabra. Pero no evitó que le sobreviviera una obra muy hermosa entre la que se encuentran títulos como: La playa, Fiestas de agosto, Antes de que cante el gallo, La Luna y las fogatas, Entre mujeres solas, El diablo en las colinas, El Bello verano. El libro de poemas, cuyo título profético Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, me abrió al resto de su obra.

Ahora que acaban de publicarse en edición de bolsillo sus cuentos completos traducidos por Esther Benítez al español no resultará una molestia volver a frecuentarlo.

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Mínima moralia

03 sábado Mar 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Adorno, Celan, Dickens

Hace unos días, cuando me propuse iniciar este Cuaderno, pensé en la conveniencia de que entre sus páginas tuvieran cabida algunos temas de actualidad. Aristóteles mismo había escrito que lo real es sólo el ser actual e identificaba esa actualidad con lo plenamente realizado. La actualidad estaba para él dada y la realidad dada lo era en cierto modo para siempre. Hablando claro, yo quería pensar que la actualidad debía inscribirse en el campo de lo real, si bien contaba con que ese monstruo se aparece a la gente con diferentes cabezas.

A título de ejemplo apuntaré sólo dos referencias. En las primeras líneas de Tiempos Difíciles, el escritor Charles Dickens, le hace decir a Tomás Gradgrind, un maestro de escuela que viene a ser la caricatura del espíritu utilitarista de la época: Pues bien, lo que yo quiero son realidades, identificando esas realidades con hechos más o menos empíricos que pueden ser aislados y empaquetados a fin de que sean fácilmente administrados a ingenuos escolares. No les enseñéis a estos muchachos y muchachas otra cosa que realidades.

Hay una versión propia de la crisis, que se alinea a esta última recomendación y que últimamente se utiliza mucho. Aunque con otras palabras viene a decirnos lo mismo: se acabó la fiesta y ha llegado el momento de volver a la realidad. Lo de la fiesta no he acabado de entenderlo porque no sé a qué fiesta se refiere pero acaso sea esta vuelta a la realidad precipitada sobre la que insisten, como cuando se dice venga ya, apaga y vámonos, la que explicaría la presencia masiva en las librerías que se ha producido últimamente con la multiplicación de las reediciones de Dickens en España. Los libreros lo atribuyen a que este año se cumple su doscientos aniversario. Pero a mí me da otras cosas que pensar.

En otro lugar en cambio y al hilo de la conversación que mantiene con su entrevistador en el programa La mitad invisible que se emitió el pasado 18 de febrero (creo que era una reposición) en la 2 de televisión, oigo decir a Antonio López que en cierta ocasión, hablando de pintura con un amigo, éste le dijo: era tan real como una enfermedad.

Dos visiones, dos concepciones radicalmente opuestas que no permiten componer ninguna síntesis: agua y aceite. Y sin embargo las dos deberían ser indicaciones de lo mismo. La una recomienda que hay que volver de no sé que Arcadia ficticia pues ha llegado la hora de ponerse manos a la obra, queriendo explicitar que no estamos aquí para distraernos. La otra menos complaciente nos muestra sin ambages el horror oculto que en ocasiones irrumpe de la forma más inesperada. Aquello que se recomienda aprender y que habría que incluir hasta en los programas de estudio frente a aquello otro que no hace falta enseñarlo porque se impone sobre el individuo de forma insoslayable. En el extremo y a partir de la expresión tan plástica que utiliza el pintor, yo mismo, que llevo días dándole vueltas a este asunto en la cabeza, me atrevo a plantear otra hipótesis, una tercera aproximación: tan real como la muerte. Tan real acaso como puede serlo una canciller alemana. No sé lo que pensaréis vosotros.

La última cursiva lo debe casi todo a mi lectura del poema Fuga de la muerte de Paul Celan. 

 


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Papini para gobernantes

26 domingo Feb 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Bloy, Onetti, Papini, Sartre

Leí por primera vez Palabras y sangre en 1976, época en que Papini era prácticamente un autor inexistente para mi generación, en una pobre edición en la colección Rotativa de Plaza & Janés y su efecto inmediato fue el mismo que si hubiera sorbido un veneno repugnante. Una lectura que lejos de darme alas, sentía que me paralizaba devorándome los pies mientras causaba los peores estragos en mi espíritu. Para colmo, el tamaño de la letra era minúsculo y no hacía sino aumentar indirectamente mi malestar. De vez en cuando, recuerdo que cerraba el libro y me quedaba mirando un rato extrañado el retrato de Papini que ilustraba la portada. La impresión que me procuraba era la de un hombre muy feo a causa del odio y el resentimiento que no disimulaban unas gafas con lentes que hacían pensar en culos de botella. Sabía que Papini había muerto ciego, como Borges, que a su manera lo había admirado y temía que no fuera por casualidad que se hubiera decidido a imponer aquel cuerpo de letra para la edición. Ninguna otra obra hasta aquel momento me había provocado una experiencia semejante. No estaba yo hecho de la substancia de Sócrates y me sentía muy lejos del valor que había demostrado el griego al acatar la sentencia que debía poner fin a su vida. En un momento, que no fue del todo inesperado, me sobrevino el vómito.

De entre todos los escritores que he leído sólo Léon Bloy provocó en mí, en una primera lectura, una impresión análoga; si bien es cierto, que en este autor -curiosamente también católico como Papini- los efectos corrosivos de su lenguaje resultan siempre algo previsibles.

Sartre y Onetti también me desagradaron alguna vez por la forma táctil y olfativa que tienen ambos de acercarse a los objetos como si estos se empeñaran en confundirse con la mugre que se cría dentro de los bolsillos. Pero en Papini yo reconocí algo más profundo: una concepción metafísica del absoluto que llegaba a negar la belleza de su estilo con la fuerza propia del mal.

Y ahora voy directo a lo que puso en marcha estas reflexiones. Hablo de Valencia, todo está conectado, de lo sucedido días atrás en sus calles, de la policía y las cargas contra los estudiantes, de los gobernantes, a los que diría si me oyeran: lean si no lo hicieron ya a Giovanni Papini, recupérenlo, búsquenlo por Internet si hace falta, seguro que algún ejemplar debe rondar por ahí perdido en algún almacén entre libros empolvados. Y sobre todo subrayen, tomen notas cuando lo encuentren. Se darán cuenta de que Papini también lo intentó; hablo con conocimiento de causa, pues yo mismo lo experimenté en mis propias carnes: la letra con sangre no entra.

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Celiniana

22 miércoles Feb 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Céline

Después de oír las palabras del ministro de economía.

Pienso en Céline en África, perdido en mitad de la selva, durante la primera gran guerra. La claridad y la distinción de su método. Escribo de memoria: Me di cuenta de que avanzaba en la dirección correcta hacia los hombres, olía a mierda.

La primera vez que leí Viaje al fin de la noche lo hice en un ejemplar de la colección Folio de Gallimard que había comprado en la Librería Francesa del Paseo de Gracia en Barcelona, después de haber buscado durante varios días infructuosamente una versión en castellano. Recuerdo que para el tiempo que había de durar su lectura (con seguridad varias semanas) me procuré un diccionario que llevaba siempre conmigo. Sorprendentemente cada vez que buscaba en él una u otra entrada, el diccionario no la incluía. De manera que, a medida que me abría paso entre las densas páginas del Voyage mal leídas, las lagunas de comprensión se multiplicaban tanto que la labor llegó a resultarme sofocante. Cuando llegué a la página 632 que era la última del libro, me sentía tan confuso como fascinado, aunque no pudiera dar cuenta exacta de lo que me había sucedido.

Algún tiempo después paseando una noche por las Ramblas, al acercarme a uno de los quioscos que seguían abiertos, descubrí entre las revistas, sintiendo algo así como un pequeño sobresalto, que la editorial Edhasa acababa de publicar una traducción muy libre en castellano a cargo de Carlos Manzano. Compré el ejemplar sin pensármelo dos veces, aunque no anduviera yo entonces muy bien de recursos y me parecieran muchas las mil cien pesetas que costaba. Al día siguiente me volqué en su lectura, esta vez sin tropiezos, zampándome las páginas con voracidad mientras comprobaba que el libro se me revelaba ahora no sólo como el libro desesperado y violento que ya había captado que era, capaz de convertir sus propios excesos en un gran alegato contra los horrores de la guerra y la maldad humanas, sino que tenía la impresión de que superaba incluso -tal vez porque su autor era médico, me dije- el efecto salutífero de la mejor medicina. Sin rubor pensé que aquel libro brutal y descarnado contenía en sí mismo todo el significado que yo asignaba a la palabra Arte.

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