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Leí por primera vez Palabras y sangre en 1976, época en que Papini era prácticamente un autor inexistente para mi generación, en una pobre edición en la colección Rotativa de Plaza & Janés y su efecto inmediato fue el mismo que si hubiera sorbido un veneno repugnante. Una lectura que lejos de darme alas, sentía que me paralizaba devorándome los pies mientras causaba los peores estragos en mi espíritu. Para colmo, el tamaño de la letra era minúsculo y no hacía sino aumentar indirectamente mi malestar. De vez en cuando, recuerdo que cerraba el libro y me quedaba mirando un rato extrañado el retrato de Papini que ilustraba la portada. La impresión que me procuraba era la de un hombre muy feo a causa del odio y el resentimiento que no disimulaban unas gafas con lentes que hacían pensar en culos de botella. Sabía que Papini había muerto ciego, como Borges, que a su manera lo había admirado y temía que no fuera por casualidad que se hubiera decidido a imponer aquel cuerpo de letra para la edición. Ninguna otra obra hasta aquel momento me había provocado una experiencia semejante. No estaba yo hecho de la substancia de Sócrates y me sentía muy lejos del valor que había demostrado el griego al acatar la sentencia que debía poner fin a su vida. En un momento, que no fue del todo inesperado, me sobrevino el vómito.

De entre todos los escritores que he leído sólo León Bloy provocó en mí, en una primera lectura, una impresión análoga; si bien es cierto, que en este autor -curiosamente también católico como Papini- los efectos corrosivos de su lenguaje resultan siempre algo previsibles.

Sartre y Onetti también me desagradaron alguna vez por la forma táctil y olfativa que tienen ambos de acercarse a los objetos como si estos se empeñaran en confundirse con la mugre que se cría dentro de los bolsillos. Pero en Papini yo reconocí algo más profundo: una concepción metafísica del absoluto que llegaba a negar la belleza de su estilo con la fuerza propia del mal.

Y ahora voy directo a lo que puso en marcha estas reflexiones. Hablo de Valencia, todo está conectado, de lo sucedido días atrás en sus calles, de la policía y las cargas contra los estudiantes, de los gobernantes, a los que diría si me oyeran: lean si no lo hicieron ya a Giovani Papini, recupérenlo, búsquenlo por Internet si hace falta, seguro que algún ejemplar debe rondar por ahí perdido en algún almacén entre libros empolvados. Y sobre todo subrayen, tomen notas cuando lo encuentren. Se darán cuenta de que Papini también lo intentó; hablo con conocimiento de causa, pues yo mismo lo experimenté en mis propias carnes: la letra con sangre no entra.

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