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Después de oír las palabras del ministro de economía.

Pienso en Céline en África, perdido en mitad de la selva, durante la primera gran guerra. La claridad y la distinción de su método. Escribo de memoria: Me dí cuenta de que avanzaba en la dirección correcta hacia los hombres, olía a mierda.

La primera vez que leí Viaje al fín de la noche lo hice en un ejemplar de la colección Folio de Gallimard que había comprado en la Librería Francesa del Paseo de Gracia en Barcelona, después de haber buscado durante varios días infructuosamente una versión en castellano. Recuerdo que para el tiempo que había de durar su lectura (con seguridad varias semanas) me procuré un diccionario que llevaba siempre conmigo. Sorprendentemente cada vez que buscaba en él una u otra entrada, el diccionario no la incluía. De manera que, a medida que me abría paso entre las densas páginas del Voyage mal leídas, las lagunas de comprensión se multiplicaban tanto que la labor llegó a resultarme sofocante. Cuando llegué a la página 632 que era la última del libro, me sentía tan confuso como fascinado, aunque no pudiera dar cuenta exacta de lo que me había sucedido.

Algún tiempo después paseando una noche por las Ramblas, al acercarme a uno de los quioscos que seguían abiertos, descubrí entre las revistas, sintiendo algo así como un pequeño sobresalto, que la editorial Edhasa acababa de publicar una traducción muy libre en castellano a cargo de Carlos Manzano. Compré el ejemplar sin pensármelo dos veces, aunque no anduviera yo entonces muy bien de recursos y me parecieran muchas las mil cien pesetas que costaba. Al día siguiente me volqué en su lectura, esta vez sin tropiezos, zampándome las páginas con voracidad mientras comprobaba que el libro se me revelaba ahora no sólo como el libro desesperado y violento que ya había captado que era, capaz de convertir sus propios excesos en un gran alegato contra los horrores de la guerra y la maldad humanas, sino que tenía la impresión de que superaba incluso -tal vez porque su autor era médico, me dije- el efecto salutífero de la mejor medicina. Sin rubor pensé que aquel libro brutal y descarnado contenía en sí mismo todo el significado que yo asignaba a la palabra Arte.

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