CUADERNO PARA PERPLEJOS

~ Félix Pelegrín

CUADERNO PARA PERPLEJOS

Archivos de etiqueta: Adorno

Pensar con chaleco rojo

01 sábado Sep 2012

Posted by Felix Pelegrín in Arte, Filosofía, Pintura

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Adorno, Cézanne, Descartes, Husserl, Platón

Decía Adorno en 1970, al inicio de su Teoría estética, que ha llegado a ser evidente que nada referente al arte es evidente. Y yo creo que hay pocas afirmaciones que tengan que ver con el arte que puedan considerarse más acertadas. Pero, en lo que concierne a evidencias, algo parecido se podría decir de las relaciones que a lo largo de la historia han ido manteniendo la filosofía y la pintura: no es evidente que los filósofos hayan entendido siempre el sentido específico de las artes plásticas.

Desde Platón, que repudió al artista, confundiéndolo con un vulgar artesano, por no estar a la altura de sus exigencias metafísicas, hasta llegar a Hegel, quien hace ya dos siglos anunció la muerte del arte, no creo que hayan existido actitudes vitales más difíciles de conciliar. Y sólo a principios del siglo pasado, con la aparición de la fenomenología, me parece que haya salvado el filósofo esa incomprensión, al embarcarse éste con el artista en lo que podría considerarse un proyecto común.

En un principio, la fenomenología, resultado de las investigaciones de Edmund Husserl, surge sobre todo como respuesta crítica al positivismo que comprende la naturaleza como un orden que se ha de someter al método experimental de la física. Al igual que en Descartes, el punto de partida de este enfoque es la suspensión, la puesta entre paréntesis, de todos los conocimientos previos, a fin de hallar alguna cosa que se presente como cierta y evidente. Pero contrariamente al padre del racionalismo moderno, Husserl no parece dispuesto a sacrificar la experiencia. Éste no cree que Descartes haya sido consecuente con su propio método al aceptar sin vacilaciones un modelo de racionalidad científica inspirado en la geometría. Lo que tras la puesta entre paréntesis del mundo se le presenta a Husserl es una evidencia distinta, no la abstracta y vacía del pienso luego existo, sino la certidumbre de la cosa misma, la carne, como presencia en su mente.

A las cosas mismas, había sido el conocido lema de Husserl. Pero la forma en que éstas se muestran y se hacen presentes, no es por mediación de un ser trascendente (dios), sino de manera inmediata en la propia conciencia. Y es en este sentido en el que la explicación que da Husserl de la fenomenología como ciencia descriptiva, se aproxima a la pintura. Lo que se describe en ella es lo que en la conciencia se da tal y como se da en su pureza, sin que pueda confundirse lo dado con lo que sería una máscara, algo que esconde u oculta otra cosa. Lo que la fenomenología pretende es ser descripción esencial de lo que se aparece ante los ojos. Es esta la primera vez en la historia de la filosofía en que lo que se quiere y se busca es meramente ver.

Husserl mismo nunca consideró que elaborara otra cosa que una ciencia, acaso imposible, de la visión. Ni su pretensión fue más allá de alcanzar un puro ver sin obstáculos. Su mayor deseo no fue otro que liberar al pensamiento, tanto de la interpretación científico-naturalista de la realidad, como de la creencia ingenua en el mundo tal y como éste es interpretado en la actitud natural que lo convierte en mero útil al adaptarlo a nuestros intereses más inmediatos.

¿Pero cómo interpreta un pintor aquello que se aparece tal y como se aparece? Hay una obra de Cézanne muy elocuente a este respecto. Se trata del muchacho del chaleco rojo pintada entre 1890 y 1894. En ella se muestra, en primer lugar, un joven junto a un escritorio en actitud reflexiva: posiblemente un momento de indecisión o de duda le mantiene profundamente abatido. La inclinación del cuerpo en diagonal sobre el cuadro acentúa la gravedad de la situación. Pero el efecto queda compensado por la posición del brazo izquierdo que apoyado en el escritorio permite, a su vez, que el muchacho repose la cabeza en el interior de su mano abierta y echada hacia atrás.

La intención máxima la consigue Cézanne, por la manera en que ha decidido resolver el brazo derecho. De proporciones desmesuradas la extremidad tira hacia abajo como buscando el centro de gravedad y manifestando el cansancio terrible al que están sometidos el hombro y el codo, que doblado casi en ángulo recto, sobre las piernas del muchacho cubiertas por una manta, concluye en la mano semicerrada que sugiere la dificultad del muchacho para tomar una determinación. Finalmente, sobre el escritorio, y ante los ojos, se nos aparece la carta que ha debido sumirlo en tal estado.

¿Qué es, en definitiva, lo que nos muestra Cézanne? No una mente preocupada, sino un cuerpo todo él partícipe del pesar. No se trata de una representación alegórica, realista o psicológica de este muchacho. Lo que se manifiesta en el cuadro es el abatimiento del cuerpo mismo y del pensamiento que forman una unidad indivisible. En la pintura de Cézanne el cuerpo entero del muchacho se halla implicado en la meditación. La extremada largura del brazo señala las proporciones justas de un brazo que tiene dificultades para pensar. Lo que nos muestra Cézanne es la indisoluble unidad de forma y contenido, del espíritu y la carne. Un brazo que se halla en esa situación no tiene la misma longitud que un brazo que descansa u otro que ríe. Como un dibujo de Rembrandt pintado con los colores del Greco no sería nunca un dibujo de Rembrandt sino algo extraño e irreconocible.

La duda, la indecisión, el cansancio del muchacho, no son meros conceptos; no son, como diría Cézanne, literatura representada en colores, sino una realidad cuya encarnación se hace posible por la mediación del pintor cuando éste supera el prejuicio de las tradiciones y se ocupa únicamente de ver. Tal el objetivo de la pintura. En mi opinión una experiencia semejante de la visión, nada cartesiana, acaso nos dé una idea de lo que Cézanne quiso expresar tantas veces con la palabra certidumbre.

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Por qué no puedo con Goethe

13 martes Mar 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Adorno, Benjamin, Eckermann, Goethe, Nietzsche

A mí no me gustó Werter, ni tampoco Las afinidades electivas, por más que hiciera el esfuerzo de dejarme persuadir de la importancia de su lectura por una colega de oficio. Los años de aprendizaje de Wilhem Meister me tumbó poco antes de llegar a la página doscientos y en general siempre que he frecuentado a Goethe, con excepción de ciertos pasajes del Fausto, que me parecen insuperables, me ha decepcionado.

Decía Borges que todos los países se empeñan en erigir como símbolos nacionales figuras literarias que no les representan. No estoy siempre de acuerdo con Borges cuando ilustra sus palabras con los nombres de ciertos escritores, pero en lo que respecta a Goethe, no voy a discutírselo. Yo mismo me siento incapaz de asimilarlo a la literatura y la filosofía alemanas que siempre he admirado tanto. A Thomas Mann (que se tenía por su merecido sucesor) y a Adorno, a Nietzsche y a Schopenhauer, a Jünger (estoy pensando en Radiaciones, los diarios de la segunda guerra mundial y en especial en Los acantilados de mármol) les debo los momentos de lectura más intensos y felices de que he podido disfrutar a lo largo de mi vida de lector. Walter Benjamin, otro autor alemán al que estimo casi tanto como a los anteriores, en sus comentarios a Las afinidades electivas, con toda la lucidez que es capaz de desplegar en sus estudios literarios, tampoco pudo hacerme cambiar de opinión. Al final pensé que no debía estar yo hecho para beneficiarme de las contribuciones con que Goethe había decidido saldar sus deudas con la humanidad. Su personalidad resuelta de sabio (Goethe no era griego y no le hacía ascos al término que no dudó en atribuirse en más de una ocasión) le había animado, sin el menor escrúpulo, a identificarse orgullosamente con el destino de su patria, de manera que desde muy joven, sintió el deber de contribuir con enciclopédicos conocimientos a su desarrollo.

No obstante, si a mis veinte años Werter no fue capaz de ganarse mi admiración, ni tampoco en lo sucesivo ninguna otra obra de Goethe, las Conversaciones con Goethe, de Johann Peter Eckermann, con las que por azar me topé hace unas semanas en La Casa del Libro, me han permitido, en cambio, formarme una idea de qué sea lo que en esa obra ingente y desmesurada me sitúa en las antípodas de su sensibilidad.

El espíritu objetivista y didáctico que Eckermann no duda en alabar casi constantemente y que casaría muy bien con cierta filosofía utilitarista inglesa (Stuart Mill me parece un espíritu más próximo al de Goethe que el de cualquier otro artista de su época) creo que tiene mucho que ver con la suave aversión que me despierta el leerlo. Pero no deja de resultar paradójico que sea Eckermann, ese espíritu mediocre, que en palabras de Francisco Ayala tuvo la fortuna de asociar su discreta personalidad a la más plena y luminosa de su tiempo, quien me haya permitido ver de pronto con claridad cartesiana. A través de su lectura uno tiene la impresión de que el mundo era para Goethe una especie de aula donde comentar abultados libros en un pizarrón para admiración del público que debía tomar apuntes como si fuera una agrupación de simples escolares.

Mientras tanto, el gran discípulo abnegado y sumiso, ¿amante no correspondido? dispuesto siempre a dejarse asesorar y corregir, recoge en sus Conversaciones estas palabras tan significativas: Lo importante en usted –se refiere Goethe al propio Eckermann– es formarse un capital que no tenga pérdida (…)  Se lo repito una vez más, olvide aquellas cosas que no han de reportarle ningún beneficio.

Aplicados a la literatura, estos métodos objetivistas con los que justifica su repudio a la subjetividad, se me convierten en pesados pertrechos con los que no soy capaz de construir nada. Todo en Goethe, como lo muestra muy hábilmente Eckermann, ha sido ejecutado concienzudamente, con gran trabajo y fatigas, de manera que a su lado nada tienen que añadir sus lectores.

Goethe mismo no se cansa de repetirle a este servicial escriba:

Es una gran calamidad que en un estado nadie quiera vivir tranquilamente y gozar de la vida, sino que todos desean mandar y en el arte, que nadie quiera limitarse a gozar de lo que ha sido ya creado y que todos anhelen convertirse en creadores.

Tal vez y en el fondo, la razón por la que no puedo seguirlo con interés, se deba tan solo a la torpe aspiración que encierran esas pocas palabras. No en vano fue Goethe además un político.

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Mínima moralia

03 sábado Mar 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Adorno, Celan, Dickens

Hace unos días, cuando me propuse iniciar este Cuaderno, pensé en la conveniencia de que entre sus páginas tuvieran cabida algunos temas de actualidad. Aristóteles mismo había escrito que lo real es sólo el ser actual e identificaba esa actualidad con lo plenamente realizado. La actualidad estaba para él dada y la realidad dada lo era en cierto modo para siempre. Hablando claro, yo quería pensar que la actualidad debía inscribirse en el campo de lo real, si bien contaba con que ese monstruo se aparece a la gente con diferentes cabezas.

A título de ejemplo apuntaré sólo dos referencias. En las primeras líneas de Tiempos Difíciles, el escritor Charles Dickens, le hace decir a Tomás Gradgrind, un maestro de escuela que viene a ser la caricatura del espíritu utilitarista de la época: Pues bien, lo que yo quiero son realidades, identificando esas realidades con hechos más o menos empíricos que pueden ser aislados y empaquetados a fin de que sean fácilmente administrados a ingenuos escolares. No les enseñéis a estos muchachos y muchachas otra cosa que realidades.

Hay una versión propia de la crisis, que se alinea a esta última recomendación y que últimamente se utiliza mucho. Aunque con otras palabras viene a decirnos lo mismo: se acabó la fiesta y ha llegado el momento de volver a la realidad. Lo de la fiesta no he acabado de entenderlo porque no sé a qué fiesta se refiere pero acaso sea esta vuelta a la realidad precipitada sobre la que insisten, como cuando se dice venga ya, apaga y vámonos, la que explicaría la presencia masiva en las librerías que se ha producido últimamente con la multiplicación de las reediciones de Dickens en España. Los libreros lo atribuyen a que este año se cumple su doscientos aniversario. Pero a mí me da otras cosas que pensar.

En otro lugar en cambio y al hilo de la conversación que mantiene con su entrevistador en el programa La mitad invisible que se emitió el pasado 18 de febrero (creo que era una reposición) en la 2 de televisión, oigo decir a Antonio López que en cierta ocasión, hablando de pintura con un amigo, éste le dijo: era tan real como una enfermedad.

Dos visiones, dos concepciones radicalmente opuestas que no permiten componer ninguna síntesis: agua y aceite. Y sin embargo las dos deberían ser indicaciones de lo mismo. La una recomienda que hay que volver de no sé que Arcadia ficticia pues ha llegado la hora de ponerse manos a la obra, queriendo explicitar que no estamos aquí para distraernos. La otra menos complaciente nos muestra sin ambages el horror oculto que en ocasiones irrumpe de la forma más inesperada. Aquello que se recomienda aprender y que habría que incluir hasta en los programas de estudio frente a aquello otro que no hace falta enseñarlo porque se impone sobre el individuo de forma insoslayable. En el extremo y a partir de la expresión tan plástica que utiliza el pintor, yo mismo, que llevo días dándole vueltas a este asunto en la cabeza, me atrevo a plantear otra hipótesis, una tercera aproximación: tan real como la muerte. Tan real acaso como puede serlo una canciller alemana. No sé lo que pensaréis vosotros.

La última cursiva lo debe casi todo a mi lectura del poema Fuga de la muerte de Paul Celan. 

 


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