CUADERNO PARA PERPLEJOS

~ Félix Pelegrín

CUADERNO PARA PERPLEJOS

Archivos de etiqueta: Sartre

Como un oso solitario (1)

08 sábado Sep 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Flaubert, Sartre, Turguéniev, Unamuno

El 13 de noviembre de 1872, en una carta dirigida a su amigo Ivan Turgéniev, Gustave Flaubert, refiriéndose al estado social de su época, le escribió las siguientes palabras: nunca el odio a cualquier grandeza, el desdén por lo bello, la aversión, en fin, a la literatura, han sido tan palpables. Unas líneas antes, en esa misma carta, el autor de Madame Bovary, víctima de una gran aflicción, (en tres años había perdido a casi todas las personas que quería) se había estado quejando de cómo la estupidez pública le desbordaba. Cosa que no quería decir que fuera a dejarse abatir por el desaliento y acabara confesándole al amigo, que estaba preparando un libro en el que iba a procurar escupir toda su bilis.

Se sabe por su correspondencia que Flaubert alimentaba este bilioso propósito, como mínimo desde 1852. Y si es cierta la anécdota que se cuenta de que a los nueve años concibió la idea de ir recogiendo por escrito las tonterías que oía decir a la gente que iba a visitar a sus padres, se podría pensar que había aguardado pacientemente toda la vida con la sola esperanza de que un día llegara ese momento. En su retiro, siempre he procurado vivir en mi torre de marfil, Flaubert no está dispuesto a no hacerse oír. Siquiera sea porque está cansado de ver cómo una marea de mierda bate sus muros para derrumbarla impidiéndole hablar con nadie sin encolerizarse, haciéndole decir que todo lo que lee sobre la actualidad le enfurece.

Flaubert inicia la redacción del libro anunciado el 1 de agosto de 1874, después de dos años de grandes preparativos. Me lo he jurado. Ya no puedo dar marcha atrás. ¡Pero qué miedo tengo! ¡Qué congoja! Su ánimo es el de aquél que ha comprendido que va a amarrarse al potro para el resto de su vida. Porque Bouvard y Pecuchet (tal es el nombre con el que decidirá titular la obra -el mismo que el de sus protagonistas) se publicaría sólo póstumamente en 1880 después de que su autor sufriera una congestión cerebral que habría de impedir que lo acabara, negándole la suerte de ver cumplido su propósito.

Pero la relación que expresa esa dependencia incómoda que Flaubert establece con sus libros y sus personajes, a los que a menudo no puede oírles hablar sin irritarse, no es nueva en él. La larga correspondencia que mantuvo con Louise Colet durante la redacción de Madame Bovary, abunda en expresiones que ilustran un sentir que se alimenta de la pasión obsesiva que forman el amor y el odio. Un odio dinámico, que se caracteriza por el deseo de venganza que Flaubert siente contra la clase social que constituye la burguesía de su época (a la que él mismo pertenece) y a la que se cebará en describir con punzante ironía en la mayoría de sus obras; una clase social, cuyo desconcierto es tal, según le explica a Turguéniev, que ni siquiera tiene el instinto de defenderse. Aunque fuera el suyo, un odio no sangriento que podía aplacarse gracias a la fuerza y los límites que le imponía su amor por las palabras.

Porque Bouvard y Pecuchet es, como se ha dicho tantas veces, una gran Enciclopedia de la tontería humana (Flaubert mismo, un año antes de morir, había propuesto ese subtítulo para su publicación) o de la idiotez, como prefería decirlo Sartre con una palabra más incisiva, al considerar que Flaubert identificaba la tontería con el mal y al tonto con el opresor, hallando de esta forma una razón que explicara su necesidad de enfrentamiento; o la estulticia como se prefiere también traducir más delicadamente el término francés bêtise. Pero lo cierto es que es también un libro (al menos esta ha sido mi experiencia confirmada con cada nueva lectura) donde no faltan los motivos para admirarse de la entrega sin condiciones que Flaubert hace a la humanidad por medio de la práctica de la literatura, que le hace cómplice de forma inevitable de aquello que ataca y critica. En el mes de setiembre haré excursiones arqueológicas y geológicas por la Baja Normandía; como siempre para mi pareja de idiotas. Tengo miedo de serlo yo también, le dice, una vez más, a Turguéniev, con quien a través de las cartas aprovecha para sincerarse.

El amor por las palabras que experimenta, desde su particular vivencia, como un ideal inalcanzable y que siente, aunque se empeñe en aparentar lo contrario, por sus criaturas, haciendo que se embarque con ellas en los proyectos más osados. Como le ocurrió sin duda a Cervantes al comprender el destino amargo que aguardaba a Alonso Quijano a quien, ya próximo el final de su historia, decidió devolverle la cordura. ¡Cómo sino mantener la fuerza necesaria para no flaquear y seguir firme ante la mediocre aspiración de una época que le hace imaginarse como un oso solitario!

Sin estar totalmente de acuerdo con Miguel de Unamuno, que creyó adivinar en el destino de los protagonistas de la novela un destino trágico, donde otros sólo habían visto el resultado de una tarea absurda e idiota, Bouvard y Pecuchet es para mí una obra que se podría rodear de esa aureola, pero en la que la visión lúcida de la escritura en ella expuesta, consigue que el transcurso del tiempo no haga sino multiplicar las ideas que sugiere; que no renuncia a hacer escarnio de sí misma y que muestra una extraña ternura por esos dos entusiastas que no se rinden y continúan desplegando después de cada fracaso, una energía aún mayor que cuando debieron ser jóvenes. En el momento en que se retiran para emprender la segunda parte del libro que debía titularse La copia, Bouvard y Pecuchet deben frisar ya los ochenta años y no parece que esa circunstancia haya dejado en ellos ninguna mella.

Así, el paso del tiempo contra el que Flaubert se rebela ideando para sus protagonistas una especie de juventud eterna, cuando la mente no se proyecta ya naturalmente hacia el porvenir, es que uno se ha hecho viejo, al asociarse con la imposibilidad de un progreso en el que no cree, el futuro es lo peor que hay en el presente, resultará ser a la postre lo que los salve del destino trágico que en una lectura tendente al patetismo les había asignado Unamuno.

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De la estirpe de Caín

21 sábado Jul 2012

Posted by Felix Pelegrín in Filosofía, Literatura

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Aristóteles, Dostoievski, Nietzsche, Sartre, Steiner

Cuanto más admiraba yo “lo bello y lo sublime” más profundamente me hundía en el cieno y más se desarrollaba en mí esa facultad de encenagarme. El que así habla es el hombre del subsuelo, el protagonista de las Memorias del subsuelo, libro que Dostoievski escribió (según palabras recogidas en los apuntes de El adolescente) para exponer los sufrimientos de un hombre que va a hablar de su culpa, de sus aspiraciones hacia el ideal, de su incapacidad para alcanzarlo. Porque el hombre del subsuelo se halla sometido a la fatalidad que consiste en no avistar la verdad aunque la haya buscado empecinadamente.

George Steiner, en su ensayo Tolstói o Dostoievski, da a entender en unas líneas que no cree que sea por casualidad que los cuarenta años que suman la experiencia del hombre del subsuelo vengan a coincidir con los cuarenta años que anduvo el pueblo de Israel por el desierto. La insinuación plantea un reto a quien desee investigarlo ya que, efectivamente, tras guiar a su pueblo en la larga travesía y haber pasado todo tipo de penurias, también a Moisés le fue negado el beneficio de la tierra prometida. Pensada sin embargo esa opción, considero que se trata de una simple coincidencia. Por sugestiva que sea, no veo la forma de aproximar la personalidad de un individuo feo y envidioso, resentido, para el que Dostoievski no ahorró poner en propia boca ningún adjetivo descalificativo, con la personalidad sólida y arrogante del conductor de pueblos que fue Moisés.

Toda interpretación ha de tener un límite y para el caso, no creo justificado ir más allá por el sólo afán de trasgredirlo. Y eso sin contar con el hecho de que el hombre del subsuelo en absoluto contó nunca con la posibilidad de que sus pasos pudieran conducirlo alguna vez fuera del tabuco donde vivió, reducto miserable que lo mantuvo alejado del resto de los hombres a quienes consideraba, además, culpables del infierno que le había tocado vivir. ¿Cómo, en estas condiciones, se le podría imaginar guiando o conduciendo a nadie? La sola idea de un pueblo dejándose aconsejar por un hombre de sus características es ridícula. Ninguna afinidad en este sentido, ningún vínculo que ligue a una y otra personalidad he podido descubrir mientras leía sus Memorias. Pero si es adecuado y pertinente indagar en los fundamentos religiosos que alimentaron el pensamiento de Dostoievski para una mejor comprensión de su obra, no creo que resulte en cambio desmesurado atribuirle a ese malvado original las cualidades propias de Caín.

Pues también Caín era envidioso, y no podía soportar que no se valorara su inteligencia por encima de la bondad de su hermano, que no luchó para merecerla. Y así como el primer asesino de la historia es marcado por su crimen y obligado a esconderse, el hombre del subsuelo se sentirá impelido ante la mirada de los otros, a encerrarse en su cochambrosa habitación, consciente de que los demás no hacen sino acentuar su vivencia del infierno (infierno fue el nombre que dio Sartre a los otros). Porque la sociedad brinda su reconocimiento por el simple hecho de pertenecer a una clase social y poseer un estatus determinado, el hombre del subsuelo se enerva, como le ocurre con los amigos de infancia: Zviérkov, Simonov, Ferfichkin…

La simple constatación del éxito ajeno, la cortedad de miras con que la gente afronta las cosas sin que les haga falta ahondar en ellas, su eficacia para hacer rentables sus conocimientos, su prepotencia natural que les provoca que ignoren incluso su presencia. Estaba yo de pie, junto a la mesa de billar, e involuntariamente le estorbaba el paso. El oficial me cogió por los hombros y sin decir nada, sin hacerme la menor advertencia, ni darme explicación alguna, me quitó de en medio, pasó adelante, e hizo como si no me hubiera visto. Todas estas pequeñas afrentas, todos estos detalles, le hacen sentir la mayor envidia, un afán destructivo que se desarrolla dentro de sí como una tenia que ahoga su existencia, impidiéndole conocer qué sea el bien, la belleza o el amor. Y lo denigra convirtiéndolo a su vez en un ser más propio del inframundo. Soy un hombre enfermo… Soy malo. Así comienza la novela.

El hombre del subsuelo. Quizás un hombre anclado en los mitos del Antiguo testamento para quien Jesús, el cristo, que más adelante inspirará las figuras del príncipe Mishkin en El idiota, o Aliosha en los Hermanos Karamazov, no resulta aún convincente. ¿Cómo podría tener ninguna compasión por Liza, la prostituta, que al final de la novela ha ido a verle con la esperanza de que el amor de ambos pueda redimirlos? Él, que sólo siente deseos de hacerle daño, incapaz de perdonarse el crimen de haber nacido. El propio Aristóteles, nos recuerda Nietzsche, veía en la compasión un estado peligroso y enfermizo al que se haría bien en tratar de vez en cuando con un purgativo.

Sin embargo, el hombre del subsuelo cree conocer el remedio. O así acaba haciéndoselo creer a Liza cuando esta se presenta en el cuchitril sucio y desordenado cuya exposición ante sus ojos no hace sino acentuar aún más su miseria y su vergüenza, el odio, que su presencia afila al haber tenido la osadía de ver y descubrir algo más dentro de él mismo. Pero ese remedio, que está recogido en las dulces palabras que conducirían al amor, no deja de ser literatura, un sentimiento impostado carente de fundamento real.

En la última página de la novela confiesa: Hemos nacido muertos y hace mucho que nacemos de padres que ya no viven, y eso nos agrada cada vez más. Le tomamos el gusto. Dentro de poco querremos nacer de una idea. Para el capitán Ahab, Moby Dick era el muro que debía atravesar, para el hombre del subsuelo ese muro es la humillación y la miseria del cristianismo para el que no está maduro todavía. Una vía de escape que haría que Nietzsche más tarde, después de haber reconocido en Dostoievski una personalidad afín, se distanciara de él, como de Wagner o de Schopenhauer, por el espíritu de renuncia que alientan.

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Papini para gobernantes

26 domingo Feb 2012

Posted by Felix Pelegrín in Literatura

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Bloy, Onetti, Papini, Sartre

Leí por primera vez Palabras y sangre en 1976, época en que Papini era prácticamente un autor inexistente para mi generación, en una pobre edición en la colección Rotativa de Plaza & Janés y su efecto inmediato fue el mismo que si hubiera sorbido un veneno repugnante. Una lectura que lejos de darme alas, sentía que me paralizaba devorándome los pies mientras causaba los peores estragos en mi espíritu. Para colmo, el tamaño de la letra era minúsculo y no hacía sino aumentar indirectamente mi malestar. De vez en cuando, recuerdo que cerraba el libro y me quedaba mirando un rato extrañado el retrato de Papini que ilustraba la portada. La impresión que me procuraba era la de un hombre muy feo a causa del odio y el resentimiento que no disimulaban unas gafas con lentes que hacían pensar en culos de botella. Sabía que Papini había muerto ciego, como Borges, que a su manera lo había admirado y temía que no fuera por casualidad que se hubiera decidido a imponer aquel cuerpo de letra para la edición. Ninguna otra obra hasta aquel momento me había provocado una experiencia semejante. No estaba yo hecho de la substancia de Sócrates y me sentía muy lejos del valor que había demostrado el griego al acatar la sentencia que debía poner fin a su vida. En un momento, que no fue del todo inesperado, me sobrevino el vómito.

De entre todos los escritores que he leído sólo Léon Bloy provocó en mí, en una primera lectura, una impresión análoga; si bien es cierto, que en este autor -curiosamente también católico como Papini- los efectos corrosivos de su lenguaje resultan siempre algo previsibles.

Sartre y Onetti también me desagradaron alguna vez por la forma táctil y olfativa que tienen ambos de acercarse a los objetos como si estos se empeñaran en confundirse con la mugre que se cría dentro de los bolsillos. Pero en Papini yo reconocí algo más profundo: una concepción metafísica del absoluto que llegaba a negar la belleza de su estilo con la fuerza propia del mal.

Y ahora voy directo a lo que puso en marcha estas reflexiones. Hablo de Valencia, todo está conectado, de lo sucedido días atrás en sus calles, de la policía y las cargas contra los estudiantes, de los gobernantes, a los que diría si me oyeran: lean si no lo hicieron ya a Giovanni Papini, recupérenlo, búsquenlo por Internet si hace falta, seguro que algún ejemplar debe rondar por ahí perdido en algún almacén entre libros empolvados. Y sobre todo subrayen, tomen notas cuando lo encuentren. Se darán cuenta de que Papini también lo intentó; hablo con conocimiento de causa, pues yo mismo lo experimenté en mis propias carnes: la letra con sangre no entra.

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