CUADERNO PARA PERPLEJOS

~ Félix Pelegrín

CUADERNO PARA PERPLEJOS

Publicaciones de la categoría: Pintura

De dudas y certezas

14 sábado Jul 2012

Posted by Felix Pelegrín in Arte, Filosofía, Pintura

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Cézanne, Descartes, Emile Bernard

Recuerdo haber leído que en cierta ocasión, Paul Cézanne, respondiendo a un cuestionario conocido con el nombre de Mis confidencias, afirmó que su máxima ambición era obtener la certidumbre. Con probabilidad, de haber sido un filósofo, su expresión me habría resultado obvia ya que son muchos los que han compartido esta aspiración. Siendo, en cambio, un pintor, la respuesta no dejó de sorprenderme. Dedicar toda una vida al arte por el afán de procurarse un estado de claridad mental (entiendo que es esto lo que la certidumbre procura) me parece una reducción incomprensible de la actividad pictórica. De ahí que me plantee ahora si no atribuí entonces al pintor un uso demasiado restrictivo del término.

En una conversación mantenida en 1904 con Emile Bernard, éste le dijo: Usted ha querido volver a empezar el arte como Descartes había vuelto a empezar la filosofía. Ha hecho tabla rasa de todo lo realizado antes de usted. ¿Pero era justa la comparación? Por toda respuesta Cézanne admitió únicamente que, en efecto, él era el precursor de un arte nuevo. No era aquella la primera vez que alguien establecía un paralelismo entre la tarea desarrollada por el padre del racionalismo moderno y la suya propia. Pero creo que las diferencias vitales de una y otra personalidad impiden aceptar sin más esta analogía. La imagen que cubrió en su vejez a la figura de Cézanne, atormentado por el ansia de reflejar la riqueza de tonos que la naturaleza le ofrecía ante los ojos, poco o nada tiene que ver con la afección metódica y la cautela que acompañó en su vida a las dudas cartesianas.

Fue antes de que mediara el siglo XVII, cuando René Descartes, formado en la tradición escolástica, reconocía, en efecto, no haber acumulado en sus años de estudiante, otra cosa que unos conocimientos tan hueros y vacíos que, a la postre, habían acabado sumiéndolo en un mar de dudas y errores. En su cabeza, la filosofía heredada de sus maestros, hacía que sus pies, que bien podían convertirse en los de un gigante, se tornasen como de barro y resbalaran en un suelo poco firme. En consecuencia, Descartes se vio llevado a tomar una decisión: liquidar el pasado, haciendo tabla rasa de una tradición que no consistía para él más que un cúmulo de prejuicios. A partir de ahí, lo que Descartes iba a plantearse era algo tan decisivo como arriesgado: adquirir una visión propia de la realidad y del conocimiento que se le presentara como certeza.

En la historia de la filosofía, su aventura intelectual supuso, por encima de todo, el descubrimiento de la subjetividad, un hallazgo decisivo que habría de permitirle superar todas las dudas metafísicas. Pero tal descubrimiento tuvo un precio y éste fue demasiado alto: la matematización rabiosa de lo real a costa de toda sensualidad. ¿No sería extraño entonces que dos siglos y medio más tarde la certeza sin sombras, vitoreada por Descartes, pudiera complacer a Cézanne, un hombre comprometido por encima de todo con la sensación?

Sugiero que se piense en la precavida cautela de Descartes (que le llevó a no publicar su Tratado del mundo con el consiguiente extravío del mismo) al recibir la noticia de la condena de Galileo por la tesis de que la tierra se movía (tesis que el propio Descartes sostenía en su obra) o en su confortable moral provisional mientras iba elaborando las reglas básicas de su método. Y se compare con el desasosiego existencial que invadió al pintor toda su vida.

Se sabe que en sus últimos años, Cézanne estuvo obsesionado por la representación de unos cuantos temas, siempre los mismos, como es el caso de la montaña de Sainte Victoire (de la que existen más de treinta óleos y casi otras tantas acuarelas) así como por la pintura de bañistas, tema del que se conocen casi ciento cuarenta trabajos entre dibujos, acuarelas y óleos, sin que en ningún momento llegara a sentirse plenamente satisfecho de los logros alcanzados. Unas semanas antes de morir, mientras seguía ocupado en estas obras todavía, escribió a su hijo lo siguiente: Aquí, a orillas del río se multiplican los motivos; el mismo motivo visto desde otro ángulo, ofrece un estudio de gran interés y de tal variedad que me parece que me podría ocupar con él durante meses sin cambiar de sitio, simplemente girándome un poco a la derecha o a la izquierda. Este fragmento de una carta sumamente reveladora, acaba por completar al que le antecede: Quiero decirte finalmente que, como pintor, me siento iluminado por la naturaleza, pero me cuesta muchísimo realizar estas sensaciones. No puedo alcanzar en el lienzo la intensidad que se brinda a mis sentidos. No poseo la maravillosa paleta de colores que tiene la Naturaleza.

¿Cuál fue la experiencia fundamental de Descartes? Cogito ergo sum, Pienso luego existo. Pero la certidumbre acabó por exigirle el repudio de su propio cuerpo, debido a la identificación del yo con el puro pensamiento. Qué distinta resulta de la de Cézanne. Mientras que en el filósofo la comprensión de sí mismo como sustancia pensante hace que éste se libere de un golpe del sentimiento de reclusión al que las limitaciones del cuerpo tienen sometido a su espíritu, en el pintor se produce un efecto inverso: La tenaz insistencia de Cézanne en arrebatarle al mundo toda la sustancia pictórica pone de manifiesto, de manera cada vez más acentuada, los límites de su humanidad. Su experiencia se vuelve arrebatadora a medida que la finitud se va adentrando en la obra a través de la propia expresión. Luego, la aventura de Cézanne, eso sí, habría de ser determinante en el desarrollo posterior de la pintura.

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Aletheia

31 sábado Mar 2012

Posted by Felix Pelegrín in Arte, Filosofía, Pintura

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Delacroix, Platón, Schopenhauer

En mi viaje a África, escribe Delacroix en su diario, sólo empecé a hacer algo medianamente aceptable, una vez que hube olvidado los pequeños detalles (…). Hasta entonces me había obsesionado el amor a la exactitud que la mayoría toma por la verdad.

No parece ésta una observación suficiente para sospechar que Delacroix, el pintor más romántico, estuviera influido por el platonismo, pero la nota merece algún comentario. Lo primero que destaca en ella es el malestar que genera en el artista el sometimiento de la imaginación a la multitud de detalles que asfixian su sensibilidad y no hacen sino ocultar lo verdaderamente relevante. Lo segundo, que sólo cuando esos detalles, esa multiplicidad de datos sensibles, se han disuelto en el olvido, parece que se despeja el campo de la visión.

La historia de la estética, ha reconocido el poco crédito que le merecía a Platón el arte de la pintura, al estar ésta sometida al influjo perturbador del color y el aspecto externo de las cosas. Aunque parezca improbable la conjetura, no creo excesivo indagar en esta dirección. Delacroix confiesa en esas palabras la necesidad que tiene él, como artista, de olvidar, a fin de recuperar la auténtica experiencia de África.

De acuerdo con el concepto griego, verdad se dice aletheia, lo que quiere decir que la verdad se muestra como un desvelamiento. De igual modo, se podría traducir por descubrimiento, en la medida que se le asigna el sentido de retirar lo que cubre u oculta lo que será desvelado y expuesto a la luz. Pero aletheia significa también literalmente des-olvido.

Conviene recordar a este propósito, el mito platónico de la reencarnación que se desarrolla en el contexto de su teoría del conocimiento. A través de ese mito, Platón nos explica que antes de decidir reencarnarse, las almas en el Hades beben las aguas del Letheo. El Letheo es el río que transmite al alma el olvido, de donde provendrá por negación el término a-letheia. Entonces, según esta interpretación, la verdad sería concebida como la recuperación de la memoria de aquello que fue olvidado cuando el alma padeció esa extraña amnesia. La verdad resulta así para Platón, recuerdo, anamnesi en griego, reminiscencia de las esencias, las Ideas que alguna vez fueron conocidas.

Vuelvo a Delacroix. Evidentemente, su experiencia en África poco o nada tenía que ver con el conocimiento de la Idea, eterna e inmutable, a la que se refiere Platón cuando habla del filósofo que ha alcanzado el estadio en que se supera el conocimiento matemático; ya que aquella experiencia, sensual y erótica, en absoluto ajena a los sentidos, que ha acabado conmocionando a Delacroix, se sitúa en un tiempo y un espacio bien determinados. Como se puede inferir, la Idea en que estoy pensando ha sido pasada por el cedazo de Schopenhauer, quien la interpreta como objetivación de la voluntad; la voluntad del genio, del artista plástico, en este caso. Me guío básicamente por la intuición. El pensamiento es una red que actúa multiplicando puntos de vista, descomponiendo lo real en infinitas posibilidades. Por ello creo que no es una exageración pensar que el olvido y el ocultamiento de la esencia, la Idea que encarna África para Delacroix, tiene mucho que ver con el efecto inaceptable que producían en el pintor aquellos pequeños detalles.

Por si no fuera bastante, añádase a lo dicho esta última observación: El reino de los delatores y de los infames no podría ser el de lo bello y menos aún el de lo verdadero. Se refiere aquí Delacroix a la dificultad de imaginar a Fídias o Apeles, bajo el régimen de los horribles tiranos, cuando el arte hace oídos sordos y pasa a convertirse en cómplice de la infamia. (…) ¿Habría acaso una conexión entre lo bueno y lo bello? ¿Puede complacerse una sociedad degradada en cosas elevadas, del tipo que sean? Probablemente no; por eso en nuestras sociedades tal y como son con nuestras estrechas costumbres, nuestros pequeños placeres mezquinos, lo bello solo puede ser un accidente, y este accidente no ocupa bastante sitio como para cambiar el gusto y devolver a lo bello la generalidad de los espíritus. Después llega la noche y la barbarie.

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Galería de monstruos

24 sábado Mar 2012

Posted by Felix Pelegrín in Arte, Filosofía, Literatura, Pintura

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Antonio Saura, Artaud, Delacroix, Goya, Nietzsche, Palau i Fabra

Existe un grabado de Goya de 1799 muy conocido, perteneciente a la serie de los Caprichos, en el que aparece la siguiente leyenda: El sueño de la razón produce monstruos. La explicación de esta estampa, en un manuscrito autógrafo de Goya que se encuentra en del Museo del Prado, reza así: La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles.

La imagen es conocida: Un hombre rendido por el trabajo, acaso el propio autor o un intelectual, descansa o duerme con la cabeza apoyada entre los brazos sobre un escritorio donde se observan plumas y papeles donde ha estado escribiendo. A su lado y por encima de su cabeza, lechuzas, murciélagos y otras criaturas de la noche lo rodean con agitación frenética como si hubieran surgido repentinamente de un mundo de sombras. A los pies un lince y a su espalda, a la altura de la cintura que, abatida se vuelca sobre la mesa, un gato.

La interpretación es compleja, si bien, después de leer la leyenda podría parecernos evidente. De acuerdo con las palabras del autor, se diría que la fantasía ha de someterse a la razón, y que es ésta la única facultad que puede permitir al hombre alcanzar la verdad. Un estudio preparatorio del grabado, un dibujo que Goya realizó dos años antes, parece que refuerza esta interpretación. Otra leyenda en la parte inferior del boceto clarifica: El autor soñando. Su intento es sólo desterrar vulgaridades perjudiciales y perpetuar con esta obra de Caprichos el testimonio sólido de la verdad.

No deberíamos dudarlo, la verdad pertenece al ámbito de la razón y la fantasía no puede más que alejarnos de ella por el camino del delirio. ¿Pero quiere decir esto que Goya puso en jaque a la imaginación? El conjunto de su obra muestra hasta qué punto sería absurdo admitir una afirmación semejante.

Doscientos años después, en su biografía de Nietzsche, Rüdiger Safranski, para referirse a la experiencia vital del filósofo-músico-poeta, afirma que el verdadero mundo es música: la música es lo monstruoso. Una vida alejada de la música se le antojaba a Nietzsche una vida insoportable. ¿Explicaría la sordera que acabó aislando a Goya de la vida pública durante los últimos años de su vida, su visión humillada del mundo? ¿Cómo mantenerse en la existencia una vez que la música ha terminado? La posibilidad de no hallar una respuesta fue algo que mantuvo obsesionado a Nietzsche toda su vida. Lejos de referirse a la acepción más onírica del término, la traducción del alemán Ungeheur, tiene en su obra el sentido preciso de lo inmenso informe o estremecedor, y remite a aquel aspecto de la vida que desborda todo concepto que haya sido pensado con la intención de someterla.

En El nacimiento de la tragedia, primer libro publicado aún como un estudio para helenistas, Nietzsche buscó la raíz de su intuición cuando ya había empezado a sentirse acosado por dolores terribles en sus ojos. En este estudio, que le valió entonces las peores descalificaciones en el ámbito universitario -tenía solo veintisiete años y fue acusado por sus colegas de ignorancia y falta de amor a la verdad- Nietzsche vio confirmadas todas sus expectativas y acabó concluyendo que efectivamente la tragedia clásica se nutría del espíritu de la música, fundando su experiencia en el conocimiento monstruoso de lo dionisíaco. Dionisio, el dios más salvaje y oscuro, el menos luminoso y el más opuesto a Apolo se revelaba entonces como el único inspirador de esa forma específica de arte griego. Su empeño, por otro lado, sólo le confirmó a Nietzsche lo que ya sabía: los sabios trágicos griegos habían sido los primeros en abrir ese camino de exploración vital y estética. Desde el origen, lo monstruoso fue siempre la máxima tentación para el artista.

Después de él y a lo largo del siglo XX, otros no tardarían en experimentar los efectos de aplicar esa fórmula de acercamiento al arte y a la vida. Pienso sobre todo, dentro del contexto español, en la pintura de Antonio Saura que debió desarrollarse a partir de presupuestos muy parecidos. Explorador sin igual de lo monstruoso, estuvo siempre dispuesto a transgredir toda noción de límite. Antonio Saura fue el legítimo heredero de Francisco de Goya. Ejecutó en su nombre, como ningún otro, monstruosas crucifixiones que la sordera o la inquisición no le habían permitido afrontar al maestro, aberrantes retratos sobre la figura de Rembrandt, inigualables. Ni siquiera dudó Saura en encarnizarse con el mismo Goya, ofreciéndonos su cabeza en público en la serie Degoyaciones (término que acuñó Julián Ríos) … Pienso con perplejidad en el sentido oculto que encierra su monstruosa insaciabilidad: ese Perro hundido que creó Goya y que Saura, con sus manos de vivisector fue convirtiendo, en cada nueva interpretación, en un perro hidrofóbico, cegado de dolor como si fuera la víctima de una visión aterradora; pienso en sus multitudes, foules voraces y desesperadas y en los múltiples laberintos con minotauro que cada español lleva dentro de sí mismo.

Pero pienso también y ahora me desplazo hacia otro ámbito inevitable, en los infiernos de Antonin Artaud, quien teorizó acerca del teatro de la crueldad, experimentando con sustancias psicotrópicas entre los Taraumara de México, la misma persona (¿la misma?) que en una habitación de manicomio, amenazó con romperle la cabeza con un martillo a Palau i Fabre, monstruo éste por fatalidad histórica, según explica él mismo en sus memorias, mientras permanecía como petrificado sabiendo que el menor gesto podía resultar un gesto de consecuencias fatales. Y me viene a la memoria también el fabuloso ensayo sobre Van Gogh, el suicidado de la sociedad que Artaud tuvo la delicadeza de regalarnos, la historia de aquel pintor que en primera opción no quería ser otra cosa que predicador y que por ello acabó pegándose un tiro en un campo de trigo que se llenó repentinamente de cuervos, esas bestias voraces que engendrarían los monstruos del Guernica y el paraguas sangriento de Francis Bacon.

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Visión de Tàpies

17 sábado Mar 2012

Posted by Felix Pelegrín in Arte, Literatura, Pintura

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Cortázar, Delacroix, Tàpies, Vallejo

Yo no sé si existe gente a la que le guste Tàpies todavía, pero a mí sí, desde luego. Y me consta que le gustaba mucho también a Julio Cortázar, que le dedicó un cuento en el que una pareja de jóvenes se intercambian dibujos con tizas de colores en un muro. Una sola vez ella le escribió a él con tiza negra A mi también me duele, pero la frase fue borrada por la policía antes de que pasaran dos horas. Después volvieron las precauciones a las que siguieron una vez más las marcas, la espera solitaria antes de decidirse a trazar nuevas formas, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas, que habría que seguir viendo de lejos, con ojeadas rápidas, a cierta distancia, para evitar que las miradas pudieran despertar sospechas en las patrullas que limpiaban las calles. El cuento se llama Grafitti y está recogido en el volumen que lleva por título Queremos tanto a Glenda, donde se describe la realidad social de un modo enrarecido como sucede a menudo en los cuentos de Cortázar aunque en éste, no escatime también dosis de crueldad. En el cuento, que por lo demás es un cuento político sobre la dictadura y el estado de sitio impuesto sobre la población, Cortázar se refiere a la pared donde se suceden los grafittis, no como a un muro o tapia, sino como a un paredón: dibujos y mensajes de acercamiento, que se inscriben y se borran sobre ese paredón, son todo el argumento de una historia llena de ternura y sutilezas.

De manera inmediata, yo asimilo a la palabra muro una forma que separa de manera infranqueable y acompaña a ciertos modos de represión, como ocurre con los muros de la cárcel que se erigen en medio de una ciudad. Nada que ver con la tapia de la que se diría que se encuentra ahí para saltarla: vamos a saltar aquella tapia, dicen los pillos, a ver quién llega primero. Las diferencias semánticas entre ambos términos son claras y no creo que valga la pena entrar en detalles. En mi imaginario la tapia quedó asociada a la pobreza y la inmigración recién llegada del campo, cuando se tapiaban solares y al anochecer los cuerpos se buscaban para recomponerse del frío. Mi memoria la refiere a un tiempo de sonámbulos en el que había que permanecer despierto todo el día.

Entre la pared y el muro, la tapia o el paredón, yo creo que lo que más pintó Tàpies fueron cuadros que emulaban tapias, muros y paredones, muchos de ellos. Por eso no entiendo a veces que yo mismo pueda decir que me gusta. Tàpies lo repitió muchas veces: él era un pintor realista. Le gustaba trabajar con la realidad, recuperar la forma informe y original de la realidad con sus manos y herramientas; parecía que era ése uno de sus principales cometidos. De ahí que a menudo insistiera en decir (él, uno de los artistas de su generación que más escribió sobre el significado del arte) que no había mucho que interpretar en su obra, pues todo en ella era puesto ante los ojos. Lo que puedan significar ciertos símbolos en las telas o artefactos que se encuentran con la mirada confusa del espectador, si bien no es asunto menor, es un tema secundario.

Que la realidad estorba y duele como una herida en el costado, eso lo supo pronto Antoni Tàpies que también era capaz de presentir cómo una pared puede devenir paredón, en un instante fatal. Lo que puede hacerle un paredón a los cuerpos, también quiso Tàpies que no lo olvidáramos.

Pero hay veces en que se diría que la realidad se ausenta y se percibe de ella solo un aburrimiento incapaz. Tàpies es monótono. Aunque más tarde vuelva con renovada audacia. Como los golpes tan fuertes que recibimos… yo no sé, decía Vallejo en Los Heraldos negros, sin que sepamos ya qué hicimos para merecer ese trato.

Y no es extraño entonces que en esas circunstancias se pregunte uno, si es digno entretenerse en mirar ese gris tostado que se espesa como un coágulo que pringa, y no sería mejor enfocar para otro lado y tomar distancia.

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Delacroix

20 lunes Feb 2012

Posted by Felix Pelegrín in Arte, Pintura

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Delacroix, Goya, Nietzsche, Tàpies

Del diario de Delacroix: «Sábado 15 de Mayo de 1824, durante el día. Lo que hace a los hombres de genio, o más bien, lo que ellos hacen no son las nuevas ideas; es esa idea que los domina, de que lo que ha sido dicho no lo ha sido todavía bastante.»

La necesidad de volver sobre lo mismo a fin de que cada obra sea única y diferente: Nietzsche y la idea del eterno retorno. En este sentido resultan ejemplares las palabras de Sócrates respondiendo a la provocación de aquellos que lo acusaban de repetirse: Lo único que lamento es que no lo haga con las palabras exactas.

En otro lugar, Tàpies: en arte todo está ya dicho pero como nadie escucha hay que seguir repitiéndolo.

Por lo demás la obra que se expone en el Caixa Forum, resulta de lo más recomendable. La selección permite comprender por qué Van Gogh, un espíritu con una sensibilidad tan contraria aparentemente, le profesaba la mayor admiración.

Idea muy difundida que resulta limitante: Delacroix, amante de los grandes formatos, gran colorista, fascinado por el exotismo y los temas históricos.

La influencia de Goya, preocupado en indagar los aspectos más sórdidos de la naturaleza humana, se hace explícita en algunos cuadros hasta convertirse en auténtico homenaje.

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