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Yo no sé si existe gente a la que le guste Tàpies todavía, pero a mí sí, desde luego. Y me consta que le gustaba mucho también a Julio Cortázar, que le dedicó un cuento en el que una pareja de jóvenes se intercambian dibujos con tizas de colores en un muro. Una sola vez ella le escribió a él con tiza negra A mi también me duele, pero la frase fue borrada por la policía antes de que pasaran dos horas. Después volvieron las precauciones a las que siguieron una vez más las marcas, la espera solitaria antes de decidirse a trazar nuevas formas, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas, que habría que seguir viendo de lejos, con ojeadas rápidas, a cierta distancia, para evitar que las miradas pudieran despertar sospechas en las patrullas que limpiaban las calles. El cuento se llama Grafitti y está recogido en el volumen que lleva por título Queremos tanto a Glenda, donde se describe la realidad social de un modo enrarecido como sucede a menudo en los cuentos de Cortázar aunque en éste, no escatime también dosis de crueldad. En el cuento, que por lo demás es un cuento político sobre la dictadura y el estado de sitio impuesto sobre la población, Cortázar se refiere a la pared donde se suceden los grafittis, no como a un muro o tapia, sino como a un paredón: dibujos y mensajes de acercamiento, que se inscriben y se borran sobre ese paredón, son todo el argumento de una historia llena de ternura y sutilezas.

De manera inmediata, yo asimilo a la palabra muro una forma que separa de manera infranqueable y acompaña a ciertos modos de represión, como ocurre con los muros de la cárcel que se erigen en medio de una ciudad. Nada que ver con la tapia de la que se diría que se encuentra ahí para saltarla: vamos a saltar aquella tapia, dicen los pillos, a ver quien llega primero. Las diferencias semánticas entre ambos términos son claras y no creo que valga la pena entrar en detalles. En mi imaginario la tapia quedó asociada a la pobreza y la inmigración recién llegada del campo, cuando se tapiaban solares y al anochecer los cuerpos se buscaban para recomponerse del frío. Mi memoria la refiere a un tiempo de sonámbulos en el que había que permanecer despierto todo el día.

Entre la pared y el muro, la tapia o el paredón, yo creo que lo que más pintó Tàpies fueron cuadros que emulaban tapias, muros y paredones, muchos de ellos. Por eso no entiendo a veces que yo mismo pueda decir que me gusta. Tàpies lo repitió muchas veces: él era un pintor realista. Le gustaba trabajar con la realidad, recuperar la forma informe y original de la realidad con sus manos y herramientas; parecía que era ése uno de sus principales cometidos. De ahí que a menudo insistiera en decir (él, uno de los artistas de su generación que más escribió sobre el significado del arte) que no había mucho que interpretar en su obra, pues todo en ella era puesto ante los ojos. Lo que puedan significar ciertos símbolos en las telas o artefactos que se encuentran con la mirada confusa del espectador, si bien no es asunto menor, es un tema secundario.

Que la realidad estorba y duele como una herida en el costado, eso lo supo pronto Antoni Tàpies que también era capaz de presentir cómo una pared puede devenir paredón, en un instante fatal. Lo que puede hacerle un paredón a los cuerpos, también quiso Tàpies que no lo olvidáramos.

Pero hay veces en que se diría que la realidad se ausenta y se percibe de ella solo un aburrimiento incapaz. Tàpies es monótono. Aunque más tarde vuelva con renovada audacia. Como los golpes tan fuertes que recibimos… yo no sé, decía Vallejo en Los Heraldos negros, sin que sepamos ya qué hicimos para merecer ese trato.

Y no es extraño entonces que en esas circunstancias se pregunte uno, si es digno entretenerse en mirar ese gris tostado que se espesa como un coágulo que pringa, y no sería mejor enfocar para otro lado y tomar distancia.

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