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Comenta el escritor y traductor Jean Cassou en su Retrato de Unamuno, esa especie de prólogo que sirve para presentar el libro Cómo se hace una novela que a su autor no debía de gustarle que en un estudio consagrado a él se hiciera el esfuerzo de analizar sus ideas. Y supongo que lo dice porque a Unamuno, una idea desencarnada, una idea en sí misma, si se hace abstracción de aquél que la acaricia y la sueña, será siempre como el cuchillo sin hoja que concibió Lichtenberg que ni corta ni mata porque aunque se le dé un nombre, no es nada.

A Unamuno le molestaban los críticos porque pensaba que cuando se trata de defender una causa propia, uno solo se basta. Y la idea de que un día, por no estar ya presente para defenderse (el día en que la muerte le impida continuar explicándose por sí mismo) no quede otro remedio que ceder la palabra a lo que quedó escrito, le produce pánico. Pues un pensamiento en orden, es decir analizado y sistematizado, no significa, desde su punto de vista, sino que al fin se ha acabado, es decir: se ha muerto; y esa idea, la de la muerte, que un día podría acaecerle a él y a toda su obra, no puede soportarla. Nada nuevo para aquellos que en cuestiones metafísicas apuestan contra la razón como Pascal o Nietzsche o Kierkegard, salvando las convenientes distancias.

Lo que sorprende en cambio, es que en ese mismo texto, Jean Cassou, más adelante, haciendo un esfuerzo por analizar el pensamiento del escritor, diga que éste no tenía ideas, sino que las ideas en realidad se las daban otros, se hacían en él las ideas de los otros, dice su traductor. Observación que a Unamuno le viene al pelo para explicarse en su comentario al prólogo y entrar en polémica que es la actividad que lo dinamiza y hace que tome coraje de nuevo, aunque el espanto del porvenir se le vacíe en la carne de la cara y le haga pensar en tirar la toalla. Lo tiene en cuenta: ha cumplido ya sesenta años y el exilio en París, que continua todavía en Hendaya, lejos de los suyos, se le está haciendo duro.

Pero no es que no tuviera ideas, responde, sino que las ideas no le tenían a él. Los juegos de palabras, las etimologías avaladas por la cátedra que ostenta en la Universidad de Salamanca, de griego clásico, que descubren significados recónditos y olvidados, como con otra profusión, también haría Heidegger en Alemania, se le presentan siempre como una oportunidad. Ya que una idea cuando ésta es propia, está viva y poco importa que su autor pueda parecer que se contradice en una página cuando en otra dice lo contrario. Porque el sentido de la contradicción no es otro que el mostrar la vitalidad de la idea, su carne que la hace renacer cuando parecía extinta, y no su esqueleto que es donde se seca y fija para siempre.

En una de las páginas de ese extraño texto que es Cómo se hace una novela, tan difícil de clasificar, que Unamuno reescribió para recrearse, traduciéndose a sí mismo del francés durante su destierro en Hendaya, unos meses después de que apareciera la primera edición en esa lengua en 1927, mientras se interrogaba acerca de un porvenir que veía negro como las blancas páginas sobre las que estaba escribiendo su experiencia de proscrito (terrible blancura que hace pensar en el resplandor de Moby Dick), Unamuno se pregunta desesperado, después de haber estado buscándose por París, a orillas del Sena, imaginando qué hacer con el protagonista de su novela en curso, si él era como creía ser o como creían los otros que era: como lo creen los demás.

No es frecuente que en un texto tan intrincado, un autor formule una cuestión tan ingenua y máxime cuando ese autor es desde hace tiempo un avezado ensayista, un filósofo reputado, un novelista que no le pone reparos al experimentalismo y hasta uno de los mejores poetas de su generación. Y sería incomprensible si no fuera porque de ese modo, Unamuno nos muestra, sin que haga falta seguir teorizando, la forma, no en que piensa, sino en que vive, una de esas ideas que aunque a Cassou no le parezca original, lo es al menos en un sentido inconfundible por la forma en que la plantea; pues no cuestiona Unamuno qué sea la identidad de algo general y abstracto, es decir qué sea un ser humano en su esencia, sino quién es la persona singular y concreta hecha de carne y hueso que él es. ¿Cómo soy, como me creo que soy, o como creen los demás que soy? A lo que responde radicalmente expresando la necesidad de que su conciencia única e intransferible (su memoria personal), que es precisamente aquello que lo constituye, sea inmortal.

El argumento, resumido, que él llama antisilogismo, y que es una verdadera apuesta irracionalista con la que pretende atajar toda discusión, sería el siguiente: Todos los hombres son mortales, pero hubo un hombre que fue inmortal, Cristo. Luego: si un hombre fue inmortal todos pueden serlo. La falacia es evidente, pero Unamuno continúa fascinado ante la cobra de su deseo que le promete una imposible vida eterna. Como si al ver que todo amenaza con perder el sentido, se hubiera dicho: No hay tiempo para perderlo, hay que vivir al pie de la letra.

¿Sorprende la forma de proceder de este profesor? Unamuno es siempre exagerado, una personalidad caballeresca, excéntrica. Desde su cátedra de profesor de griego le dolía España; le venía justa como una bota de montar a medida hecha con materiales precarios (un catolicismo agónico, en cuyo esfuerzo por reavivarlo debió advertir más de una vez el entontecimiento del pueblo del que formaba parte) forzado a velar sus ideas, como don Quijote sus armas, dispuesto, si hacía falta, a combatir él solo contra el ejército.

Durante el exilio político en Francia, donde su amor por Balzac y Flaubert lo predisponían de antemano a confraternizar, se aproximó a los franceses, grandes amigos de conversación, que no obstante, como subraya Jean Cassou, se veían obligados a preguntarse qué podía hacer entre ellos el soliloquio de un viejo que no quiere morirse. Además, era el tiempo de Proust, de Joyce en Irlanda; en filosofía en Alemania en 1926 se acababa de publicar Ser y Tiempo de Heidegger.

¿Y en Hendaya, en la frontera misma, en su nativo país vasco, a la vista tantálica de Fuenterrabía? ¿Sería este lugar fronterizo un espacio más adecuado a su idiosincrasia? Unamuno se aburre y entonces le oímos decir que aburrirse alguien es hacerse mortal. Y está claro: él no está aquí para eso.

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