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En un ensayo que lleva por título José Lezama Lima: El maestro en broma, su autor Fernando Guerrero ha descrito Paradiso como una catedral barroca sobre arenas movedizas o un buque descomunal sobre un mar en llamas. Se trata de una imagen poderosa que se ajusta a la experiencia de su lectura, aunque a mí, ese mar que nombra, me sugiera más un mar de hielo resquebrajándose; así como la imagen del buque descomunal me hace pensar en el Titánic en el momento en que este se hunde.

Pero si la construcción del famoso transatlántico puso en solfa la ambición de la técnica que no había considerado bastante las consecuencias de un desafío semejante, no es seguro que Lezama Lima no hubiera previsto el coste de su desmesura. No en vano, a la idea de levantar un primer piso con Oppiano Licario la acompañó la esperanza de que con ese añadido todo el esfuerzo quedara justificado. Y si es cierto (como no evita reconocer el propio Julio Cortázar) que en Paradiso hay capítulos verdaderamente prescindibles, Lezama intercala un extenso relato que llena todo el capítulo XII que no tiene nada que ver con el cuerpo de la novela, hay que decir que en Oppiano Licario todo está demasiado conectado hasta el punto de provocar con ello un recalentamiento de la trama que pone la novela en situación de riesgo. Todo se explica, todo se hace encajar para lograr lo peor. Porque después del esfuerzo de desvelamiento que lleva a cabo, los ideales más nobles acaban convirtiéndose en humo, en algo increíble y fútil.

Es difícil de creer que alguien tenga sus primeras experiencias sexuales representándose, mientras lo hace, la pintura de Paul Klee. Nadie puede ser tan ingenuo como para imaginar que la Súmula nunca infusa de excepciones morfológicas que le será entregada a José Cemí a fin de que este la custodie (y que finalmente será destruida al combinarse el elemento acuoso que acompaña a la marea que entra en su casa con la acción de un perro tonto) alguna vez haya podido existir.

El camino que sube y el camino que baja son uno y el mismo. Lo dijo Heráclito. Así la obra de Lezama Lima fascina al lector tanto como le irrita. De nuevo Julio Cortázar, intérprete privilegiado y uno de sus primeros admiradores, en Para llegar a Lezama Lima, ha escrito que leer a Lezama supone una de las tareas más arduas y con frecuencia irritantes que pueda darse. Diez días seguidos, encerrado, le exigió la lectura de Paradiso, interrumpida solo para respirar y darle de beber leche a su gato.

Entonces, se pregunta Cortázar, ¿estamos los dos locos? ¿Por dónde saco la cabeza para respirar, frenético de ahogo, después de esta profunda natación de seiscientas diecisiete páginas?

Y es que, en su propósito fundamental, Paradiso es una monstruosidad oceánica perteneciente al reino de las profundidades donde ya la luz no llega. Porque a Paradiso uno a lo sumo se acerca, como la asíntota que se prolonga indefinidamente sin llegar a converger nunca con la curva. Porque Paradiso es la consumación de un imposible, de un centro improbable que se hipertrofia y te expulsa de su ámbito en tantas ocasiones, para que confluyan en él sólo imanes no dañados.

El fragmento que está dañado desconoce
el sentido de la marcha
y no puede caer en la plomada de su espina central
pues su ceguera está fría y se detiene (…)

Lo escribiría Lezama en Dador para advertirnos, como ha sugerido José Ángel Valente en un prólogo que reúne sus cuentos. Lo paradójico es que todos los personajes importantes de la novela han sido concebidos como criaturas dañadas, fragmentos que perdieron su imán a una edad temprana. Dice Fronesis en el transcurso de un diálogo con su padre poco antes de abandonar su casa y salir en busca de su madre biológica a la que no llega a conocer nunca: En la vida cotidiana el enmudecimiento significa regiones dañadas. Y lo mismo viene a decirnos el narrador de Fugados, un bello texto corto que Lezama escribió en 1936: las huidas del colegio son el grito interior de una crisis, de algo que abandonamos, de una piel que ya no nos disculpa.

Así yo pienso en Cemí, al que después de la muerte de su padre, las palabras de su abuela Augusta, la caca del huérfano hiede más, debieron resonar en lo sucesivo como una condena, por más que Lezama nos describa el dominio de esa ausencia como su más fuerte signo convirtiéndolo en vertiginosa posibilidad; pienso en Fronesis, víctima de una fatalidad oculta por la que no llega a sentirse descansar tras los pasos de un fantasma, en la criatura más dañada que es Foción, hijo del engaño y la locura, del que un enfermero explicará que desde que despierta está dándole vueltas al árbol, pienso en el propio Lezama que en múltiples ocasiones afirmó ser un mulo con anteojeras que camina hacia su destino, una anomalía de la naturaleza, un animal incapaz de fecundar y reproducirse, un Sócrates habanero que solo podía seducir con la palabra, consciente de permanecer para siempre en el limbo de la poesía.

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