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Rüdiger Safranski ha escrito en El mal, que tergiversan a Hobbes quienes suponen que éste quería alertarnos contra la naturaleza animal del hombre. Pues el hombre se convierte en un riesgo no por tener tendencias instintivas, sino porque es un animal dotado de conciencia. Esa conciencia, que no es diferente de la conciencia de su temporalidad, sería la que le impide gozar del momento como ocurriría con otros animales, ya que no le basta con sentirse seguro en el presente, sino que ha de extender su ansia de seguridad al futuro, donde otros hombres como él acabarán luchando, homo homini lupus, por hacerse con el poder que les asegure la supervivencia. Así la necesidad de distinguirse frente a los otros y destacar sobre ellos infundiéndoles temor, se convierte en la condición que le ha de permitir alcanzar su pleno desarrollo.

Hegel, que acabó describiendo la lucha a muerte por el reconocimiento como la dinámica propulsora del proceso histórico, escribe en La fenomenología del espíritu, (este libro tenso y apasionado que a ratos puede resultar no solo ilegible sino también detestable) que el individuo que no ha arriesgado la vida puede sin duda ser reconocido como persona, pero no ha alcanzado la verdad de este reconocimiento como autoconciencia independiente. Y, del mismo modo, cada cual tiene que tender a la muerte del otro cuando expone su vida, pues el otro no vale para él más de lo que vale él mismo.

Hegel escribió esa obra imbuido aún por el espíritu romántico y Hobbes fue un racionalista de raíz cartesiana, pero en este punto hay acuerdo entre los dos filósofos. La bestia obtiene su poder gracias a la racionalidad consciente que asegura su territorio dotándose de las máximas garantías. Con todo, a nadie se le escapa que estas ideas, donde el miedo y el odio se han de mezclar indistintamente, al ser transferidas al poder del estado (ese monstruoso Leviatán que da título al famoso libro de Hobbes y que en Hegel suponen el triunfo del espíritu) han puesto a la humanidad al borde de su propia extinción no pocas veces. Ni resulta un consuelo que Safranski nos recuerde que llegamos al final de la historia cuando se apaga esta lucha por el reconocimiento bajo el signo de la igualdad admitida de manera general.

Es sabido que la historia no le ha dado la razón a Hegel, pero fue ingenuo creer que en los países democráticos el ciudadano podría irse a dormir tranquilo. Los principios que alimentaban el denostado espíritu absoluto bajo expresión de la razón de estado, se han recuperado en este nuevo siglo a la primera de cambio, para venderse sin ningún pudor por el precio que exige el mantenimiento del mercado neoliberal. Un ciudadano que rehúsa arriesgar su vida por el Estado, pierde su ciudadanía, escribió Hegel. Un ciudadano que no esté dispuesto a asumir su porción de culpa en el descalabro del sistema financiero debería comprender que su gesto no es solidario, podría haber añadido cualquiera de nuestros políticos.

¿Será que lo que ocurre es que la paz que había de triunfar después de que se secaran los regueros de sangre vertida por la historia, ha venido a coincidir con el agotamiento de un cómodo nihilismo, como piensa Safranski? ¿Es cierto como sugiere este autor que tales ideas son meras maneras de ver y que lo único seguro es que la competencia, la lucha y la guerra no cesan?

Por lo demás Jünger, después de que se arrancara el velo de la ilusión juvenil que le acompañó al inicio de la primera guerra mundial, La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío, acabó reconociendo que la lucha a vida o muerte romántica se había convertido en un matar mecánico de hombres máquina sometidos a la legalidad de la técnica.

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