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Desde los inicios, Adorno aconsejaba fijarse en los detalles, en las notas a pie de página de un texto; en la forma en que la gente suele utilizar el tiempo libre, en los deslices que podía cometer un filósofo mientras da clase.

En una de sus obras menos conocida, que lleva por título Terminología filosófica, y que recoge las lecciones que dictó a alumnos principiantes de filosofía, intentando aclarar las relaciones entre materialismo y metafísica, Adorno acudió al siguiente recuerdo: Pienso en una experiencia de mi propia niñez al ver pasar el carro del desollador con un montón de perros muertos y las preguntas que surgían de golpe: ¿qué es esto? ¿qué sabemos nosotros en realidad? ¿somos esto nosotros mismos? Y añadía al respecto: una metafísica debe dar cuenta de tales experiencias, si no quiere quedarse en mera palabrería.

Ciencia melancólica fue el otro nombre que Adorno pensó para su filosofía. Y aunque sentía con aflicción que se hubiera sepultado bajo la esfera de lo privado lo que en un tiempo fue para los filósofos lo propio de la vida, no dejaba de ignorar que la sentimentalidad que atravesaba ese recuerdo de infancia, lo aproximaba a Kierkegaard: reflejo de la verdad del hombre de carne y hueso que apartado de la masa, se atrinchera para espetar lleno de furia desesperada que el escritor que se aparte del peligro y no se halle presente en donde este se encuentra, es un falsario.

De igual manera, Adorno sostenía que los escritos sobre arte no tenían porqué ser artísticos y consideraba un error preocuparse en exceso por la forma al escribir filosofía, pues limitaba la posibilidad de atrapar ciertos contenidos filosóficamente.

No obstante, y más allá del posible absurdo que encierran estas palabras o que exista quien ha tildado su lenguaje de abstruso y difícil (pensado para ser leído por sus colegas de oficio en Alemania) es la suya una escritura cincelada, particularmente rítmica y cadenciosa, que en sus mejores momentos irradia una singular belleza. La experiencia de leer algunos de sus libros, aunque le pesara al propio autor de la Teoria estética, es afortunadamente estética.

Cuando se está familiarizado con el lenguaje de la filosofía, se reconoce en su forma un estilo pensado para captar lo sublime del concepto, esforzado en rastrear los pocos restos de vida que quedaron sepultados bajo los escombros de Auschwitz. De ahí que, paradójicamente por momentos, se tenga la impresión incómoda de que uno ha sido abandonado a su suerte en un paisaje ocupado por pesadas excavadoras.

Hecho que explicaría que en su acercamiento no pocas veces se sienta esa presencia orgullosa y excesiva que hasta a los dioses griegos (hibris la llamaron) molestaba tanto.

Del linaje de Platón, Adorno es hoy uno de los filósofos menos leído y comentado. Se da por hecho que pertenece a otro tiempo. Pero si unas cuantas gotas de lubricante en roblones y junturas ocultas bastan para poner en marcha una turbina, como dijo Walter Benjamin en Dirección Única, no creo que unos granos de arena sean suficientes para hacer saltar su maquinaria.

 

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