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En un capítulo que viene a encabezar Migajas Filosóficas y que comienza siendo una aproximación al concepto de virtud socrático, Sören Kierkegaard se plantea la siguiente cuestión: ¿Hasta qué punto puede aprenderse la verdad? Y se responde que a un hombre le es tan imposible buscar lo que sabe, como buscar lo que no sabe.

El argumento se sostiene en el hecho de que nadie puede buscar lo que sabe porque ya lo sabe y tampoco lo que no sabe porque en este caso no sabría qué buscar. Nada que objetar en principio. Sin embargo, existe una proposición de Picasso, de todos conocida, Yo no busco, yo encuentro, que viene a significar la actitud del genio. ¿Pero es que acaso el artista es poseedor de un conocimiento que al filósofo le estaría vedado?

A este respecto Merleau-Ponty, en el Ojo y el espíritu afirma que no se ve sino lo que se mira. ¿Se encuentra pues lo que se busca? ¿Se busca lo que se sabe? Propongo otra posibilidad: No se mira sino lo que se ve; es decir: se encuentra lo que no se busca. Como se encuentra un rasgón en la camisa o una mancha en el momento de plancharla, por decirlo con ejemplos cotidianos. Aunque sea el propio Kierkegaard quien nos recuerde que ya Sócrates resolvió esa dificultad a partir de la idea de que todo aprender y todo buscar no son otra cosa que recuerdo.

Samuel Beckett, en su breve pero espléndido Proust, se refiere él también a aquella atención desatenta que al autor de La Recherche le permitía descubrir en los salones, los más insospechados encuentros.

Así, según parece, el verdadero conocimiento se adquiere a ciegas. Las cosas, ahí dispuestas, al lado, para su uso, no son vistas, y sólo las miramos cuando, contra nuestra voluntad, se resisten y nos enfrentan, cuando son ellas las que quizás nos busquen para entonces zarandearnos y perturbarnos.

¿Qué le falta al mundo para que este sea cuadro? En la obra ya citada, El ojo y el espíritu, Merleau-Ponty lo propone. A lo que yo respondo: Que sea visto, que sea mancha o simple desgarradura; ninguna cosa idéntica a otra cosa, fugaz, más bien, su diferencia inesperada.

Se puede comprender entonces que Kierkegaard, que se pensó irresistible en su capacidad para seducir, desde la cárcel de su interioridad, como la describió Adorno, que se esforzó en quererlo un poco, oyera el requerimiento de Kafka con medio siglo de antelación.

Sustancialmente, he vivido como un escribiente en su comptoir. Estas son palabras del danés con las que se confiesa en Mi punto de vista. Y sigue: Desde el principio ha sido como si estuviera arrestado y en cada instante he percibido que no era yo quien interpretaba el papel de amo, sino que era otro el Amo.

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