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La historia de la literatura ha asimilado a veces la figura de Oscar Wilde a la de un escritor decadentista en la estela de Huysmans en À rebours. No es difícil rastrear esta influencia en El retrato de Dorian Gray, la novela que consolidó su fama en 1891, cuando Wilde alcanzaría su máximo esplendor y paradójicamente todo empezaría a torcerse para él.

Cuando leí siendo muy joven por primera vez esta novela, recuerdo que sentí una profunda impresión que me hizo pensar que había permanecido demasiado tiempo cerca de un libro siniestro, tan bello como perturbador, cuyo contenido no dudé en calificar de peligroso, lo cual, visto hoy con la distancia, no deja de parecerme exagerado. Sin embargo, en un encuentro posterior con la obra, descubrí que Dorian, después de ver cumplido su deseo de mantenerse bello y joven por algún tiempo, había acabado envejeciendo más rápido de lo que él mismo había podido prever.

En un pequeño texto en el que Wilde se pregunta sobre la conveniencia o no de leer, éste dividió los libros en tres clases: Los que hay que leer, los que hay que releer, los que no hay que leer nunca. Si tuviera que guiarme por su criterio, incluiría El retrato de Dorian Gray entre los primeros, pues debo reconocer que después de aquella primera e intensa lectura, no volví a sentir nunca más la pasión de sus páginas.

Creo no obstante, que se trata de un texto que todo lector debería conocer. Pero no me ocurre lo mismo con el prefacio con que se abre el libro, donde Oscar Wilde en unos pocos aforismos concentra de manera única, su idea de la literatura y del arte. A este prefacio he vuelto con curiosidad muchas veces, así como a otros de sus textos, pequeños opúsculos o ensayos, de los que siempre he disfrutado con su relectura.

Pienso principalmente en La decadencia de la mentira, un escrito de escasas cuarenta páginas y en el ameno Pluma, lápiz y veneno que apenas supera las veinte, donde se narra la historia de un curioso personaje, Thomas Griffiths Wainewrigth, del que Oscar Wilde afirmaba que no sólo había sido poeta, crítico de arte, anticuario, prosista, aficionado a todo lo bello y gozador de todo lo delicioso, sino también un falsificador de una habilidad prodigiosa y un sutil y misterioso envenenador, acaso sin rival en época alguna. Una rara avis del mundo del crimen a quien algunos escritores de entonces, llegaron a frecuentar (alguno se quedó aterrado al reconocer a uno de sus íntimos de otro tiempo, en cuya mesa había comido) o descubrieron por casualidad en la cárcel, como le ocurrió a Dickens, cuando iba recorriendo con otros las prisiones de Londres en busca de efectos artísticos.

Una de las ideas más extendidas de Oscar Wilde que aparece desarrollada en La decadencia de la mentira es su afirmación de que la naturaleza imita al arte. Se trata de una idea que Wilde cita en diferentes contextos, lo que indica hasta qué punto se trataba de una idea central en su sistema de pensamiento. Wilde es mucho más sistemático de lo que da a entender y no creo que se le pueda aplicar aquella afirmación suya, según la cual, la máscara contiene toda la verdad. En su caso la máscara del decadentismo, lo contradice y esconde más profundidad que la que desvela. En ese texto, uno de los más filosóficos que escribió, a través de la conversación que mantienen los dos personajes protagonistas Cyril y Vivian, Oscar Wilde intenta convencernos de que fuera del arte, la naturaleza no supone para los humanos más que un gran inconveniente. Con su fina ironía afirma que la naturaleza odia la inteligencia. Tanto es así, que cualquier obra producida bajo su influencia, resultará siempre anticuada, caduca, pasada de moda.

Wilde no dudó nunca en incorporar como elementos dinámicos del pensamiento la contradicción y la paradoja. Y como prueba de lo que está diciendo, nos propone incluso que los tipos sociales no son más que imitaciones de personajes literarios. La literatura, dice, se adelanta siempre a  la vida, no la copia, sino que la modela. El nihilista, ese extraño mártir sin fe que sube al cadalso sin entusiasmo y que muere por algo en lo que no cree, es un puro producto literario. Fue inventado por Turgueniev y perfeccionado por Dostoyevski.

En favor de tantas paradojas sólo se me ocurre sugerir un sencillo argumento: Ser, como dijo Berkeley, es ser percibido. Pero no percibimos la naturaleza porque en la naturaleza estamos desde el principio. Hay que salir de la naturaleza para poder verla. El arte, la moda, el vestido, todos los aderezos que nos permiten abandonar nuestra apariencia animal y resaltar nuestra individualidad (Wilde vistió ropas de terciopelo, pieles, medias, zapatos con hebilla metálica, hay fotos, se dejó crecer largas melenas que llamaban la atención cuando, con un girasol en la mano, se paseaba por las calles de Londres) preparan el camino que nos permite distanciarnos de ella y descubrir de esta forma sus cualidades artísticas. Por eso Wilde dice que nadie vio la niebla de Londres hasta que el arte la inventó.

En este contexto, se comprenderá entonces que yo crea que la historia de Thomas Griffiths Wainewrigth, debía tener una especial significación para el Oscar Wilde de carne y hueso; quien, preparándose a través de esa personalidad para entrever su destino, no dudaría en recordarnos hasta qué punto la muerte y la ignominia por la que pasó aquel hombre que había deslumbrado al Londres literario, más allá incluso de que hubiera sido un envenenador, fue incapaz de destruir el objeto artístico en que había convertido su vida.

Griffiths Wainewrigth murió en 1852 a causa de una apoplejía, después de haber sufrido un largo proceso por sus crímenes. Casi medio siglo después, Oscar Wilde, a causa de una otitis que acabó afectando a su cerebro, consecuencia de la degradación física a que quedó sometido su cuerpo tras dos largos años de encierro y trabajos forzados en la cárcel de Reeding, que lo redujeron a algo menos que una sombra errabunda, repetiría esa experiencia completamente sólo, olvidado del mundo que tanto se había empeñado en sorprender, en el Hotel d’Alsace de París. Aún corría el año 1900. Unos meses antes había muerto Friederich Nietzsche.

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